
Emilia Racciatti
En tiempos acelerados, de precarización económica y preocupaciones crecientes, la conversación pública tiende a atomizarse dejando poco lugar para la crítica y la posibilidad de radicalizar las preguntas. Contra esta escena, un libro sacude la estantería de mandatos y fórmulas de pensamiento conocidas. Se trata de “Una guerra en paz”, escrito por la editora y escritora Bárbara Pistoia y publicado por la editorial Marciana.
“Frente a este mundo que nos quiere solos, produciendo, consumiendo, siendo producto para ser consumidos por otros, vigilando y a la defensiva de todo eso que se nos escapa, reteniendo, vaciando las palabras, precarizando lo que nos libera, frente a este mundo que desprecia a la humanidad al mismo tiempo que la convierte en el centro del universo, no nos queda más que buscarnos y darnos, ‘no decirle a nadie si quedarse o escapar, (…) no marcar las cartas, simplemente dar, dar y amar’”, escribió Pistoia en este cuarto libro de su autoría.
Antes puso su firma y su trabajo en “Por qué escuchamos a Tupac Shakur”, “¡Ay, amor!” y “Todo Diego es político”. Éste último la tuvo como editora, a través de su sello Síncopa, y coautora, ya que además del suyo reúne ensayos de mujeres de diferentes campos y disciplinas que se dispusieron a escribir sobre Diego Maradona y lograron el último libro dedicado a su vida antes de morir.
Ahora Pistoia vuelve a las librerías con una novedad convertida en ensayo, investigación e intervención pública sobre ciudades gentrificadas para pensar cómo se activa el deseo en un momento en el que se busca imponer una forma de vida que nos pide consumo y productividad permanente.
Nacida y criada entre Parque Patricios y Boedo, Pistoia vive hoy en Rosario después de un itinerario que la llevó de Buenos Aires a Santa Fe y de Santa Fe a Rosario en los últimos cinco años.
Sobre esa ida del territorio porteño explica: “La transformación de la ciudad me llevó a pensar no dónde podía alquilar sino dónde podía tener salud mental. Pensé en una playa patagónica, soy fan de Carmen de Patagones, de Bahía San Blas que es una playa hermosa. Fueron muchos años de estar planificando. Estaba muy pasada de rosca, muy enojada, además soy muy porteña, amo la ciudad entonces sentía que me estaba rompiendo el corazón. Es muy difícil estar sosteniendo la vida en una ciudad que te trata mal”.
-Es un libro escrito en un recorrido que incluyó Buenos Aires, Santa Fe, Rosario. ¿Cómo fue ese proceso?
-Sí, lo empecé en Buenos Aires cuando terminé el libro de Tupac (Shakur), él decía que Estados Unidos activó su economía abriendo cárceles privadas y desde la abolición de la esclavitud, trasladan los laburos esclavos a los presos. Eso me quedó resonando. Aparecieron también un montón de documentales que contaban cómo las empresas privadas ponían a sus lobistas a ser directamente diputados y senadores. Con esas ideas tenía ahí dando vueltas la palabra gentrificación. Al mismo tiempo entré a laburar a la legislatura de la Ciudad de Buenos Aires. No se usaba la palabra gentrificación pero en una de las comisiones en las que participaba se trataban demandas referidas al comienzo del estallido de ciertas zonas de la ciudad. Vivía en Boedo, en un departamento que era un segundo piso de dos ambientes con una ventana al pulmón de manzana donde había muchas plantas, mucha arboleda. Tres años después ese verde empezó a desaparecer y mi departamento que era tan luminoso, dejó de serlo. Me acuerdo de estar sentada en una comisión y escuchar que los vecinos de Villa Urquiza decían que les estaban robando el sol. En ese momento entendí lo que estaba pasando en mi casa. Abrí la ventana y dije “claro, ahora tengo dos obras de construcción que antes no tenía”. En cuatro años en Boedo, el alquiler se me hizo imposible por lo que había cambiado el barrio.
-¿Qué diferencias advertís entre estas tres ciudades?
-El Estado y las políticas públicas. Las diferencias son abismales, muy distintas entre sí. Con las diferencias que tengo con el gobierno actual de la provincia de Santa Fe y la intendencia de Rosario, como municipio es el que mejor Estado tiene de las tres. Tiene que ver con que es una ciudad que todavía tiene una escala saludable, todas las ciudades van hacia la saturación y la explotación, incluso las chiquitas. Lo vemos ahora con la Patagonia, ¿cuántas veces escuchamos que hay que poblarla? Y ahora se están matando para agarrar territorio. Rosario o La Plata están a una escala en la que todavía hay otra forma de vida. Rosario me devuelve a una ciudad de Buenos Aires en la cual yo amaba vivir en los 2000, a pesar del 2001 y Cromañon, soy de la generación que tuvo que rehacer la vida cultural pero era una ciudad en la que había una conversación interesante. A Santa Fe no le doy tanta bola en este libro porque en el de cumbia hablo un montón de cómo el Estado es muy histórico y casi fundacional. Es una ciudad pensada como administración pública. Ahí ya hay problemas a nivel ciudadano, social. La ciudad es el centro administrativo de una de las provincias más ricas del país, es una potencia económica, con muchos problemas políticos, pero no económicos. Rosario emerge como una capsula, una burbuja. El macrismo y el larretismo en Buenos Aires arrasaron con una identidad.

-En el libro decís que gentrificación implica la precarización de la vida. ¿Cómo ves las diferencias de clases sociales desde este entramado?
-Se confunde clase media con clase trabajadora y no es lo mismo, hay una diferencia abismal. La clase media está tan sobrepasada de trabajo que puede percibirse así pero hay redes de contención, el linaje de lo que se va heredando en lo simbólico sigue marcando esa diferencia. Quizás más sutil, pero es una diferencia. Las mayorías son clase trabajadora.
-Esa diferencia es cada vez más chica, por ingresos pero también por proyectos de vida
-Participar no es estar involucrado, ni tener compromiso. Es un bajón decirlo pero hay gente llorando pobreza todo el tiempo y después los ves tuiteando desde Europa. Después dicen que cuando el pobre vota a la derecha está desclasado. ¿Por qué querés ser pobre? Llorás una pobreza que no tenés, no tenés que sentirte pobre para preocuparte por lo que está pasando, pueden convivir tu calidad de vida y tus preocupaciones. Es muy difícil saber exactamente qué piensa esa clase media porque hay algo entre lo que dice, lo que hace, cómo se comporta y narra a los otros que está muy distorsionado. Si estás todo el tiempo cediendo es porque tenés un margen para ceder todo el tiempo. Eso de “ahí viene lo peor”, bueno hay gente que está en lo peor hace muchísimo tiempo.
-La precarización es lo que atraviesa todo el libro pero planteás que justamente es de lo que no se habla. Sobre todo respecto al trabajo cultural. Son muy pocos los que pueden hacer coincidir el status social del trabajo instagrameable y el ingreso.
-Y también cómo se habla, cuando se habla. Es de una forma muy ligera, a través de la cerveza artesanal, el pistacho, el cheddar y vamos, es más profundo. No implica solo el hecho de ir a un bar y decir en inglés el café que querés. No hay idea de la tragedia que hay detrás de ese proceso. Hay algo que dice Daniel Santoro cuestionando el Mayo Francés que tiene que ver con esto: pedían lo imposible porque todo lo posible ya lo tenían. Un poco pienso eso cuando escucho a nuestros voceros culturales. Claro que hay excepciones pero la mayoría tiene un poco todo lo posible entonces está pidiendo un poco todo lo posible a los que no tienen lo básico. Leen esa falta de una manera muy romántica y eso se traslada a la manera en la que creen que deberían accionar. A mí se me cae la cara si tengo que ir a decirle a alguien cómo tiene que ir a pedir pan. He tenido épocas de estar a arroz todo el mes y cuando estás ajustada, muy agotada y con cuentas al día, pero con muchos trabajos, te empiezan a salir unos pensamientos horribles. Uno trata de buscar y sostener. Pero es importante ubicar esa diferencia entre tener tres meses salvados y quienes tienen padres que están peores que ellos. Se le está pidiendo mucho a un montón de gente cuando no se le está dando nada. Hay mucha deshonestidad intelectual y económica.
-¿Lo generacional es un buen punto de partida para asumir la crítica o la responsabilidad por este presente?
-Me interesa la crítica conmigo adentro, no estar sentada tirando factos. Asumir que nos tocó un momento kirchnerista con Lula, con Chávez, en el cual pudimos tener un despertar político muy de la mano con nuestra juventud también hace que a veces no se pueda soltar. Tenemos que ver qué pasó después de esos momentos tan luminosos y espectaculares. Estoy muy obsesionada con eso. Me molesta cuando los cuarentones, cincuentones nos ponemos arriba de un banquito a señalar y no mirarnos. Cuando escucho “qué época de mierda”, digo “somos nosotros la época”. O ese señalamiento “la gente no está en la calle”, bueno vos tampoco. El señalamiento es tan cizañero. Hay un aparato dispuesto a criminalizar a la juventud y al presente.
-También es un momento de transformación, de cambios muy grandes sobre todo en las formas y prácticas de representación. En el libro decís que hay “famosos” para 15 personas.
–Nuestra generación tiene la mitad de la vida en el siglo XX y otra mitad acá, entonces utiliza la nostalgia como un dispositivo. Poner el deseo en un tiempo pasado, que no sé para quién y bajo qué circunstancia fue mejor, no está bueno. Si estás pensando todo el tiempo en un pasado mejor es imposible que quieras cambiar el presente. Hay que aprender a decir que no también. Tendré unos puchitos menos a fin de mes, pero hay cosas que yo ya no quiero hacer. En relación a las redes sociales también cambié mucho. Si para que leas mi libro tengo que hacer un montón de pelotudeces frente a una cámara, no lo leas. No quiero ser ni popular ni masiva, ojalá me leyeran mucho. Quiero que me lean y me discutan, no estoy esperando devotos pero si tengo que hacer ciertas cosas para que mi libro llegue, quizás ese no es el lector de mi libro y está bien. No me interesa lo que el mercado, el algoritmo quiere.
-¿Cómo ves en ese sentido el lugar de la cultura como espacio de resistencia?
–Las artes todo el tiempo disputan la información predominante y hegemónica por eso creo que también nos quieren tan callados y controlados creando a partir de los algoritmos porque el arte creado por nosotros va a entrar siempre en contradicción. El arte, la música, la literatura está escrita en contraste a una época. Es importante dar registro y hacerlo porque estás contradiciendo al relato oficial y hegemónico que no solo es de la ultraderecha, está la hegemonía progresista blanca, de derecha, blanca. Entonces hay que recuperar el ejercicio crítico, el aburrimiento y el espacio para poder decir me voy a sentar a escribir después de embolarme, dejar descansar la lectura que siempre empieza cuando terminás el libro y decís “qué hago con eso, qué me está haciendo, cómo salgo al mundo después de haber leído esto”.
Tenemos que defender el libro, la escritura de nosotros, humanos, artesanalmente, tenemos que decir no cosifiquen esto, no lo mercantilicen de esa forma. Estamos disputando no solo un sentido sino la posibilidad de imaginar otra realidad, no sé si mejor, pero al menos empezar a imaginar una diferente.
-En la segunda parte del libro hay una cierta convocatoria a pensar otras formas de estar en este presente. Por ejemplo dar más lugar a la conversación, más suelta, que al diálogo estructurado.
-Claro, contame de vos, equivocate, no importa, no pasa nada. Marina Garcés dice que estamos en una época de revolución de cuidados. Estamos todos como cuidándonos el último centímetro de status quo y zona segura que nos queda pero la realidad está pidiendo que no nos cuidemos tanto. Hagamos una crítica en la que no estemos afuera.
