
Con formato de talleres presenciales o virtuales, enmarcados en una institución o en una iniciativa personal, el oficio de librero se fortalece en estos tiempos con capacitaciones para quienes ya lo estén ejerciendo o proyecten hacerlo. La Escuela de Libreros y Libreras, una capacitación impulsada por el Instituto Cultural bonaerense, ya tiene abierta su inscripción para el ciclo 2026, al igual que la librería Otras Orillas, a cargo de Cristian De Nápoli, que arranca en marzo con la segunda edición del taller destinado a la actividad.
“Está dirigido tanto a estudiantes o a quienes quieren buscar su primer trabajo como a aquellos que ya trabajan en librerías; también muchos que quieren abrir su propia librería y no se animan. Además, a libreros de mucha experiencia que quieren adquirir nuevas herramientas para mejorar su negocio. Es muy variado porque es muy masivo. Y se sostiene. Dejamos las clases de los ciclos anteriores en YouTube y la gente vuelve a ver los videos. También hicimos unos cuadernos libreros. Hay mucho entusiasmo. Me enteré de personas que abrieron sus librerías a partir del paso por la escuela”, explica la escritora y poeta Inés Kreplak, a cargo de la coordinación de esta política pública de la Subsecretaría de Industrias Creativas e Innovación Cultural bonaerense.
Esta cuarta edición del ciclo se desarrollará bajo modalidad virtual, a través de Zoom y YouTube, y contará con cuatro encuentros de dos horas los jueves 19 y 26 de marzo, y 9 y 16 de abril, de 19 a 21. La inscripción es gratuita a través de la web del Instituto Cultural y cuenta con validación institucional de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP).
También desde marzo, pero los días miércoles, el escritor, traductor y librero, Cristian De Nápoli, ofrecerá un espacio de formación en la librería que comanda, Otras Orillas, en el que la propuesta es generar herramientas para pensar una tarea que conlleva actividades como difundir, exhibir, atender, vender. ¿Cómo proveerse e informarse para afrontarla? De eso se trata esta experiencia que tuvo una primera camada de interesados y talleristas en 2024.
“En ese momento se anotaron ocho personas que siguieron todo el curso desde marzo a noviembre, que suman unos 20 encuentros. De esos ocho, hoy tres trabajan en librerías. Una entró a la editorial Siglo XXI hace poco, y dos abrieron una librería en un barrio donde no son abundantes: Paternal. Ya en ese momento, que éramos pocos, también había gente que tenía otros intereses, no directamente entrar a trabajar en una librería o abrir la propia, sino más plantada en el rubro de la difusión, de la comunicación, incluso de la edición. Y eso se acentuó ahora en esta inscripción que estalló”, relata en diálogo con Señalador.
Con 15 inscriptos y la expectativa de que uno o dos puedan cancelar, armó una lista de espera de 10. Describe al grupo de este año como “más variopinto”. “Hay gente muy joven, con la expectativa de entrar al mercado laboral, y hay más gente formada en otras áreas y sin un interés muy dirigido a abrir una librería”, resume.
Entre los antecedentes de estas experiencias está la Escuela de Libreros que impulsó Ecequiel Leder Kremer en 2010 en la Universidad Nacional de Tres de Febrero (Untref) y que se hizo también en la Universidad Nacional de Avellaneda (Undav). “Lo nuestro es un taller de capacitación que en ese momento duraba tres meses con una asistencia de dos veces por semana. Lo más valioso era funcionar como un gran detector de vocaciones. Cuando un librero, una librería, una empresa, inclusive una editorial, abre una convocatoria para abrir un puesto, se presenta mucha gente a trabajar. No necesariamente vinculada con el libro, lectores, bueno, los hay también, pero sobre todo gente que necesita el trabajo. En cambio, en la capacitación, quienes se acercaban y se bancaban estar ahí todo ese tiempo, tenían vocación de librera, de librero, le gustan los libros, son lectores, están interesados por la historia del sector, cómo fue que se crearon las editoriales, cuál fue la evolución, cuál es la relación entre cómo se hace un libro, qué pasa con los autores, cuál es la relación entre una distribuidora, un editor, un autor, etcétera”, plantea el responsable de la librería Hernández.
Alejandro Dujovne, investigador de CONICET y director del Centro de Estudios y Políticas Públicas del Libro (EIDAES-SCCyT, UNSAM), sostiene que “decir que la formación es esencial para abrir y, sobre todo, sostener una librería puede parecer una obviedad. Y de hecho lo es. Lo que resulta menos evidente son las razones y la orientación específica de esa formación”.
En ese sentido explica que “el de las librerías es un mercado muy desigual en términos de tamaño y estructura de los negocios. A diferencia de las cadenas que, por ejemplo, tienen bien resuelta la gestión, las librerías pequeñas que podemos llamar independientes suelen encontrar serias dificultades en sus inicios, e incluso bastante más allá en el tiempo, para encontrar un sistema ordenado y eficiente de administración. Esto se debe en buena medida al hecho de que quienes suelen emprender el negocio librero lo hacen movidos por el amor a los libros y la lectura, pero desconocen las tareas contables y logísticas que demanda ese trabajo. Y que ocupan gran parte del día a día”. Si bien considera que “la formación no se agota en este plano, existen otros, como la curaduría, la programación cultural, la comunicación, igual de importantes para proyectos pequeños que deben ganar su lugar en el mundo del libro”.
Claves de un oficio
Para Leder Kremer, de larga trayectoria al frente de la emblemática librería Hernández, “es un oficio que ha ido cambiando bastante, la incorporación del recurso tecnológico ha sido central porque a través del tiempo también han aumentado drásticamente la cantidad de títulos editados”. Traza una comparación: hace 40 años, en la Argentina, una librería generalista podía llegar a recibir unos 60 títulos en un mes. Hoy, 60 o 80 ochenta títulos publica solamente una de las grandes multinacionales, como Random House o Planeta.
“Cuando sumás las independientes, más las grandes, las medianas, las argentinas, las extranjeras, estás incorporando unos 500 y 700 títulos nuevos, entre novedades y reimpresiones. Esto hace que el método artesanal de gestión de la librería por parte de los libreros quede un poco obsoleto”, explica sobre la transformación en ese campo.
Sobre está búsqueda de formación del oficio, Kreplak apunta que “hay algo del trabajo personalizado, artesanal de la librería como un espacio de contención, como un centro cultural que recibe y da la bienvenida y en ese sentido la calidad de quienes te reciben es fundamental entonces busca profesionalizarse”.
La también autora de libros como “Mirar al sol” define a los libreros como empleados de comercio, por un lado, y especialistas, por otro. Muchas veces no se reconoce esa especificidad y estaría bueno darles un marco porque son mediadores y promotores de la lectura, son agentes culturales. Cuenta que, por ejemplo, en ediciones anteriores trabajadores de la cadena Cúspide habían logrado que los gerentes nombraran a un empleado por sucursal para hacer la capacitación durante su horario de trabajo.
La multiplicidad de librerías, a distinta escala, especializada o de cadena, en nuestro país es una constante en las respuestas de los consultados.
Leder Kremer grafica: “Podés tener una pequeña librería atendida por dos personas, en donde solamente tenés los libros que te gustan, pasás de las consignaciones, que es una mecánica compleja de trabajo y que te absorbe mucho tiempo en su administración, pasás de los libros de moda y construís tu propio canon. El tema es hasta dónde se puede rentabilizar”. En ese punto marca la diferencia entre una librería y una biblioteca: “El librero, en su oficio cotidiano, tiene que tener en cuenta el tema de la rentabilidad, porque tiene una librería, no una biblioteca, y tiene que vivir. Si no pagás la luz, los sueldos y no tenés algo de guita para llevarte a tu casa, no funciona. Por supuesto que los grandes libreros vivían fundiéndose. Desde el personaje de Roberto Arlt hasta Héctor Yánover, que no sé cuántas veces se fundió haciendo maravillosas librerías”.
La clave no es vender solo lo que rinde económicamente porque “el intento del librero, de la librera, tiene que ser por tener una identidad, por construirla con determinados autores, editoriales. Esto se define en los libros que exhibís, en los que recomendás, en los que ponés en vidriera. Aquellos que destacás frente a la avalancha de ediciones mensuales. Hoy, nosotros, como librería generalista, ampliamos nuestra base temática, tal vez más allá de lo que realmente nos gustaría”.
¿Qué es ser un buen librero?
A través de sugerencias, escucha y atención, libreras y libreros pueden ser aliados en la construcción de una identidad lectora. Pero qué característica debe conservar, preservar o buscar quien ejerce este oficio.
“La escucha, la buena predisposición, tener buena recepción para iniciar una conversación, dar una bienvenida y entrar en el mundo de esa persona, ver qué le gusta y qué le interesa. Quizás alguien entra a la librería a comprar un best seller y después, al iniciar un vínculo con el librero, puede ayudarlo a buscar otros mundos, leer más cosas o distintas y ampliar su perspectiva lectora”, responde Kreplak y sintetiza: “Predisposición a construir comunidad. Con los clientes y potenciales lectores pero también con los colegas. En general, los libreros que son generosos y pueden compartir experiencias. Hay una idea muy romántica de ‘me jubilo y me pongo una librería’ y después lo que pasa es que lo que menos hace es leer y lo que más hace es levantar cajas. Esa experiencia es un recontra trabajo y que se comparta es muy valioso”.
Leder Kremer habla de la librería como “un modo de vida”. Cita el caso de la librería que capitanea, Hernández, a la que define como “generalista de ciencias sociales, con una fuerte toma de partido por las políticas de Derechos Humanos, por la política de reivindicación, precisamente, de acceso al conocimiento para los sectores populares, por los autores de pensamiento crítico, por las publicaciones antifascistas”.
Esto no quiere decir que no tengan en sus estantes pensadores de distintos signos políticos pero advierte que están con ciertos límites. “Hay libros que no aportan nada, solamente alimentan las históricas teorías conspirativas en las que abrevaron buena parte de las lecturas de nuestras fuerzas de seguridad. Por lo tanto, hay libros a los que le decimos no y hay libros a los que le decimos sí”. El librero refuerza que tienen claro cuáles son los autores con los que se sienten identificados. “Queremos formar parte de ese colectivo cultural que está al servicio de la inclusión, que está al servicio de la empatía, de la sensibilidad, de proyectos políticos que reivindiquen y sean emancipatorios de las mayorías empobrecidas”.
En ese sentido traza un mapa y establece un marco: “En la Argentina, el conocimiento ha tenido que ver con una educación pública. La importancia que ha tenido el libro en la Argentina, contrastándolo con el resto de América Latina, salvo México, que también tiene una gran producción editorial, tiene que ver con la educación pública, con el acceso a las universidades que promovió el peronismo”.
De Nápoli, que empezó a ejercer este oficio en 2015 en La Libre primero y en Otras Orillas después, destaca que la dualidad es central para el ejercicio de la tarea porque implica “tener un ojo en la atención y otro en la gestión. La gestión de librería de nuevos es muy delicada, requiere mucha concentración, con usados es más fácil porque los proveedores son ocasionales y no existe el sistema de consignación”. Para el también autor de “Un tintineo al pasar”, la dualidad los obliga a ser personas psicológicamente medio bifrontes, es decir, ser muy extrovertidos, pero también muy metidos para adentro. Conviven la charla con el cliente y la concentración con el Excel”.
Leder Kremer agrega y enfatiza en una característica central para un librero: la pasión por la lectura. “Se deben maravillar con el libro, querer compartir lecturas, libros. La empatía con el libro, con el significado del libro y con el libro como objeto, con las lecturas, con los diversos géneros, es fundamental. A mí me gustan los libreros. Puedo llevarme bien con un librero que mete la pata, y que, como comerciante, es malo, pero me interesan mucho más esos que los exitosos. Creo que eso siempre hay que decirlo: los libreros debemos ser lectores”.
