
Un after organizado durante la cuarentena, a causa de la pandemia, activa la invitación a entrar en el universo de “Los pasos prohibidos”, la quinta novela de Rodolfo Omar Serio (Buenos Aires, 1985), una ficción que juega con los sentidos y las dimensiones puestas a prueba lejos de las pantallas y cuando se produce el encuentro con otros.
“Comparten la necesidad de despersonalizarse y no acceder a sus amigos de siempre por la pandemia. ‘Me junto con otros que están en la misma’ pareciera ser el lema”, explica Serio en un bar de la calle Corrientes en diálogo con Señalador, a días de la presentación de esta novela-28 de marzo a las 18 en la librería Medio Pan y un Libro-, que ya es la cuarta publicada con el sello Omnívora.
La primera fue “Los machos se duermen primero” e inauguró el catálogo de la editorial, le siguieron “Los brasileros” y “¡Ay, mi Argentina!” y en el medio “Warner, mi malandro”, editada por el sello Trench. Audaces en sus temas pero también en cómo combinan personajes reconocibles con la distopía o la ciencia ficción, las historias de Serio se proponen crear artefactos literarios al filo entre la risa y la incomodidad.
Su mirada sobre la literatura contemporánea, la conversación pública y la necesidad de reponer la audacia a la hora de escribir atraviesan esta entrevista con un autor original e intrépido en la escena cultural argentina.
-Se habla poco de la pandemia y esta ficción transcurre en ese tiempo histórico. ¿Cómo fue la decisión de situarla en ese momento?
-Necesitaba un contexto potente para contar una historia que por momentos se acerca a la ciencia ficción o al delirio y me pareció que eso delirante que pasa en el texto funcionaba mejor en la pandemia. Es un universo que comparte un poco la lógica del casino donde te olvidas si es de día o de noche. Hay un afuera suprimido. No sabemos qué hacen durante la semana, ni siquiera sabemos el nombre del protagonista.
Fueron raros los tiempos, la gente cree que estuvimos encerrados dos años y no fue así. Hubo una transición larga hasta la normalidad total. Fueron casi tres años de todo ese proceso hasta que un día nos olvidamos. Tuvimos muchas instancias intermedias y en la novela están pasando ese momento por más que no esté explicitado. Los personajes tratan de armarse una vida en paralelo y flashean.
-¿Y hubo lecturas que te hayan acompañado en la escritura?
-No en este libro en particular. No me parece que sea el tipo de libro que surge de pensar con otros textos. Hay libros que son más literarios y otros que tienen más que ver con la experiencia, con la observación. Como fuente, me sirvió más el set que un DJ hizo durante la pandemia desde la cocina de su casa. En general cuando estoy escribiendo sobre un tema no leo nada que tenga que ver con eso para no empezar a dialogar consciente o inconscientemente con otros textos. No todos los diálogos son necesarios. Prefiero hacer la mía, siento que sale más limpio si no está tan dialogado.

-Es una época en la que parece que conocemos a los otros por lo que publican en las redes sociales, el celular aparece como adicción y el after como una intención de conectar con otros sin tener pantallas.
-En el after desaparecen las pantallas y se refuerzan más los otros sentidos. Hay sonidos, música, el crack de los huesos, se rompe un vaso, el calor, lo táctil, el dolor. Pasan un montón de cosas y es interesante ver cómo lo visual no es lo principal. Incluso uno podría disfrutar un after con los ojos cerrados, es una experiencia muy distinta a la de esta vida cotidiana actual donde todo es visual. Me acuerdo el momento en el que por primera vez hubo una pantalla en un boliche. Antes las luces eran robóticas y se movían y de repente ese día la pantalla cambió esa escena. Hoy todo el tiempo estamos siendo interpelados por pantallas. En un after muchas veces la pantalla está tapada con una tela o apagada o hay un televisor lejano y eso permite que pasen otras cosas. Incluso las pantallas causan el insomnio. Parte del problema es que deberíamos hacer una higiene de pantallas y soltarlas determinado tiempo antes de dormir.
-¿Cómo interviene la lectura en este contexto?
-Es loco porque desde que existen los ebooks también hay una parte de la literatura que se vive a través de las pantallas. Yo sigo eligiendo el papel pero entiendo que, por un tema económico o de practicidad, mucha gente los use. El libro muchas veces ejerce la función contraria a la que ejerce la pantalla del celular, te da sueño no porque sea malo sino porque descarga los estímulos de forma contraria a la que nos dan insomnio las pantallas. Ejerce un vínculo con la imaginación de una forma distinta. Incluso cuando leemos muchas veces hacemos sinestesia con piezas audiovisuales. Cada vez hay más libros escritos con estructuras audiovisuales por las ganas del autor de que lo agarre Netflix y lo convierta en una pieza audiovisual pero también porque de a poco la narración audiovisual y su estructura se apropian un poco de la literatura.
-“Los brasileros” quedó en la lista corta del Premio Medifé, fuiste finalista de la Bienal de Arte Joven. ¿Qué lugar le das a los premios, a los concursos?
–Hay un sistema muy aceitado para determinados autores que es muy chico, donde casi son intercambiables los ganadores y los jurados, y hay un pequeño espacio para los autores nuevos o para los que no son parte de ese status quo. Los premios, cuando más institucionales sean, más valor tienen porque permiten abrir la palabra a la gente que todavía no es parte de eso o no tiene una audiencia propia o está haciendo un camino y se está construyendo. Yo antes de participar en la Bienal desconfiaba bastante y sin embargo estuve ahí. Pensaba que por ser una iniciativa del Gobierno de la Ciudad, un libro peronista no tenía nada que hacer pero mandé igual. Creo que hay otros que tienden a favorecer ciertos tonos, temas. Hay cosas que si se van de lo que se está publicando ya no interesa y no creo que sea una cosa de maldad o traición, sino que es un sistema que tiende a reforzarse entre lo que se publica y gana premios. Es difícil para libros que plantean cosas distintas.
-En “Los machos…” está el conurbano, ¿cómo te interesaba explorar ese territorio?
–El conurbano funciona un poco como el inconsciente de la Argentina, es donde están proyectados los miedos y los deseos y muchas veces no se sabe cómo abordarlo. Puede pasar lo que te gusta y lo que no te gusta también. Es un ataque a los sentidos. Es también donde está el deseo, no solo de los cuerpos. ¿A quién no le gustaría vivir en Barrancas de San Isidro? Hay muchas cosas superpuestas, la más obvia es el miedo, mucha gente le tiene miedo. Trato de no palermizarlo pero es una experiencia tanto para los que viven, como para los que van de visita. La General Paz es una barrera simbólica, pero entre el conurbano y la Capital se está mezclando todo el tiempo su gente, sus objetos materiales. Hay una parte de Capital que es una frontera hacia el conurbano y todo el tiempo está tensionado entre civilización y barbarie. En la Argentina está ese choque permanente donde pareciera que nadie termina de estar del todo donde quisiera: el que vive en Palermo quiere estar en Europa, el que vive en Pompeya quiere estar en Palermo, el que está en el conurbano quisiera estar en Pompeya. Por momentos parece que nadie está del todo cómodo en el lugar en el que está.

-“¡Ay mi Argentina!” tiene como protagonistas a dos mujeres emblemáticas del poder en los 90, como Amalita Lacroze de Fortabat y Ernestina Herrera de Noble, que ejercían ese poder de una manera muy diferente. ¿Por qué ellas dos?
-Sobre Amalita había un montón de material, sobre Ernestina no había nada y tenía discursos siempre muy acéticos. Amalita, por el contrario, se exponía un montón, se peleaba y la otra es un poco un enigma, tanto en la realidad como en la novela. Amalita estaba muy cómoda y siempre con un elemento de seducción, jugaba con eso, los tonos, los peinados. Todo el tiempo parecía estar produciendo teatro. Esta mini novela podría ser una obra de teatro. Mi búsqueda era cómo excluir a un narrador y qué pasaran cosas igual.
-Ese trabajo con el diálogo y la capacidad para construir personajes solo hablando, como así también la presencia de la sexualidad remite a Puig. ¿Reconocés esos puentes?
-Sí, y en su caso, no es cualquier sexualidad, es la habilitada por lo femenino. La sexualidad masculina parece ser más cortante y la seducción y el erotismo no sé si tiene que ver con las mujeres, pero sí con lo femenino. Es un estereotipo, pero muy instalado en el imaginario y la literatura saca de ahí. Muchos de los autores del siglo XX proyectaban algo antierótico y Puig viene a reponer algo que estaba faltando. Nos enteramos que Bioy tenía una vida muy activa pero en los textos biográficos, no sé si lo transmite en sus ficciones. Borges, que es nuestra gran institución, también. La literatura del siglo XX la podemos catalogar como del mal polvo, recién en los ‘70, ‘80 algunos autores empiezan a animarse a decir “bueno busquemos polvo”.
-En tu formación como lector, ¿qué autores reconocés como claves a la hora de acercarte a la literatura, la ficción?
-Capote fue alguien que me mostró ese juego entre lo que parece superficial y lo que no lo es tanto. Nunca me gustó mucho la literatura muy solemne, en el sentido de que pasan cosas más interesantes cuando hay segundas lecturas. Siento que hay libros que no se animan, que se mantienen en unos bordes de cosas que funcionan y pueden estar buenos y les falta atrevimiento. Si Puig repone el erotismo, hoy hay que reponer audacia. Es un momento donde la gente no está siendo muy audaz. Tiene que ver con miedo a no ser publicado, a que falle, entonces hay un dispositivo que se vuelve recurrente donde la audacia no es lo más valorado.
-¿Qué puede aportar la ficción para pensar en la audacia en la conversación pública?
-En este momento la única audacia que hay en la ficción es la gente que escribe mal, o no se preparó tanto y se anima a publicar igual. Se sacan un montón de libros que no están lo suficientemente corregidos. Sería más necesaria una audacia que tenga que ver con los temas. Un poco se parece a lo político porque hay gente que toma cargos para los que no está preparada, ese tipo de audacia no está buena. Puig y Capote fueron audaces porque se animaron a tocar temas que no estaban en los límites de la literatura.

– ¿Cómo ves la conversación, la difusión sobre literatura?
-No hay crítica literaria. El discurso audiovisual capturó un montón de esa comunicación, todo está expresado en términos publicitarios. Todos tienen mucho miedo de hacer enojar a cuatro o cinco personas y desaparecer de los medios, de las librerías. Hay todo un sistema de medios cruzados que hace que casi nadie diga lo que piensa. Eso empobrece un montón porque no se pueden establecer diálogos ni críticas que no sean positivas. Se genera una situación rara donde parece que todo el tiempo estuviéramos viendo recomendaciones positivas, como si todo lo que se publicara fuera espectacular.
-¿Estás escribiendo ficción?
-Sí, en la Bienal, cuando todavía existía, participé de una instancia destinada a quienes ya habíamos participado y quedé finalista con un proyecto que es un policial queer. Es un policial sin policías. Es sobre una serie de asesinatos en el colectivo LGTB. Unos chicos se deciden a resolverlo porque la policía no les da bola.
