
“Pienso las ferias no sólo en las ventas, sino como la posibilidad que tiene un editor de ver a los lectores”, dice Tobón, responsable de Sexto Piso en España. “Nos dan sugerencias, vemos qué les gusta, qué no les gusta. En general, estar con los lectores sucede pocas veces y en nuestros lugares habituales”.
Sobre cómo ve a la industria local, las diferencias y similitudes con España y México, el equilibrio de los catálogos y su visión del oficio frente a los cambios de época y del mercado, el editor colombiano conversó con Señalador durante la Feria del Libro. “Un proyecto como Sexto Piso no hubiera sido viable si no hubiéramos dado rápido el paso de irnos a España”, afirma en el predio de La Rural. Al mismo tiempo, sostiene que “vender bien la literatura latinoamericana en España es muy difícil”.
Sexto Piso surge en México en 2002 y desde 2005 cuenta con una sede en el país ibérico. Referencia entre las editoriales latinoamericanas, publica traducciones, narrativa, ensayos, clásicos, ilustrados y filosofía.
“Yo vengo con una buena expectativa a la Feria porque al revisar el catálogo de la editorial los resultados de este año, en el mismo periodo comparado con el año pasado, están arriba. Y a mí lo que me gusta, más que pensar que las cosas suceden porque sí y mágicamente, o que el peso del sello editorial es suficiente como para haga que todo funcione muy bien, a lo que yo vengo es a apoyar el trabajo que hacen los distribuidores y las librerías con nuestro catálogo. Sé que si yo proporciono un poco más de herramientas para ese trabajo, puedo ayudar a consolidar el catálogo, a que venda un poco más”.
—Pareciera ser un momento de mucha agitación en lo editorial, y la Feria siempre muestra una ebullición de energía extra, pero por otro lado está la sensación de que es un momento muy álgido en Argentina, ¿cómo ves vos al sector del libro acá?
—Es una de las cosas más extrañas que yo conozco, para mi es inexplicable en muchos sentidos. La primera vez que yo vine a la Feria debió haber sido hace 15 o 16 años, alguna vez estuvimos en la parte de Nuevo Barrio, el sector con editoriales más nuevas, chicas. A lo que voy es que siempre ha habido, en general, unas condiciones muy complicadas para el libro y siempre es una cosa milagrosa venir, en el sentido de la cantidad de editoriales. Incluso en los años más complicados, que yo he notado más pesimismo, siguen saliendo nuevas editoriales, siguen inventándose maneras de que las librerías no cierren, de tener libros. Lo que yo veo es siempre una cosa que resulta inexplicable. El mundo del libro no es ajeno a las dificultades por las que atraviese cada país, es un punto complicado, pero la Feria es el sitio donde convive lo más extremo de las condiciones del libro en español, como el florecimiento y la dificultad.
—Justo antes de que arranque la Feria salió un informe de la Cámara Argentina del Libro que advierte sobre una una fuerte caída en las tiradas a pesar de que hay más libros publicados. En España, CEGAL, la Confederación de Libreros, observa con preocupación la multiplicación de novedades y lanzó el dato de que la mitad de los libros que están en librerías no se venden. ¿Cómo se le hace frente como editor a estas transformaciones?
—Si alguien te sabe responder eso sería bueno que nos lo dijera a todos. Bromas aparte, partamos de que estamos en un sector muy frágil, incluso en España, donde las condiciones son bastante mejores que por ejemplo Argentina, México, Colombia. Así y todo, es un sector muy frágil, y donde las condiciones cambian. Estoy seguro que la tirada media ha cambiado mucho, pero tengo la impresión de que esas cifras globales a veces se toman de datos que enturbian un poco lo que podemos llamar sector del libro independiente. Pero la economía también se va acomodando a esos cambios de las tiradas, los precios de las imprentas, las maneras de producción… Pensando en Sexto Piso, al principio imprimíamos más pero nos iba peor, también la economía se optimiza en ese sentido. Ahora afinamos mejor las tiradas y nos va un poco mejor en todo. Como que eso se va consiguiendo poco a poco y es lo que yo creo que nos ayuda a tener una especie de economía más sana. Viéndolo en perspectiva, es como una escalera de pequeños pasitos que van dando las editoriales. Si me preguntas por Argentina, claro, yo no sé cómo hacen. Para nosotros en España quizás nos ayuda mucho, obviamente, conservar cierta estabilidad. Estaba comparando cifras nuestras de enero a marzo del año pasado contra este y llevamos entre un 25-30% más este año de ventas. Es curioso.
—La otra pelea en esta época pareciera ser con el tiempo del que dispone el lector ¿Qué visión tiene sobre este tema la editorial?
—Intentamos equilibrar un poco el catálogo año tras año, el plan editorial mejor dicho. Pero quizás no es como lo estás planteando. Por ejemplo, en términos de producción, en tiempo material nuestro, sacar libros muy largos, como a veces pasa, es complicado para nosotros mismos. Entonces no es tanto pensar exactamente que le quitamos tiempo a la gente, que un libro de cuatrocientas páginas es inconveniente. No llega a ese punto. También pensamos en que se pueden producir lecturas más largas o de otro tipo, incluso en términos de temas, que correspondan más a lo que son las vacaciones, cuando la gente tiene más tiempo, puede leer. Sí lo pensamos de esa manera, pero no es algo que rija el catálogo y que tengamos prohibiciones explícitas de no libros de más de tantas páginas o libros difíciles, entre comillas. Eso no, porque ese es un poco el espíritu de la editorial, es una característica de la editorial, ese tipo de lecturas, llamemoslas exigentes. Entonces eso es lo que la gente también busca en los libros del sello. Por eso no pensamos exactamente con esa lógica, afortunadamente para nosotros.

—¿Y en Argentina qué buscan? ¿Atrás de qué objetivos están o qué objetivos renuevan cada vez que vienen?
—Cada vez, cada año hay que estar en la Feria, eso es difícil para mí. Me gustaría que siempre donde sea que esté la editorial, todo sea una extensión de lo que pensamos nosotros. Eso no funciona así. Con el paso del tiempo nos hemos dado cuenta también de que, por ejemplo, los gustos por lo literario cambian, o los géneros cambian de un país a otro. Hay países en donde funcionan mejor determinado tipo de libros o tipologías editoriales que otras. Y eso lo hemos ido afinando y entendiendo quizás dónde puede funcionar mejor un libro, cuál es un terreno propicio. También la acumulación de información nuestra año tras año nos ha funcionado bien. Lo que sí queremos sobre todo es tener el máximo de representación del catálogo disponible para un lector argentino, y después un poco la suerte que corra, porque también hay una cosa muy azarosa.
—Decís que los gustos literarios cambian en cada país ¿Qué intereses notás en México, en España, en Argentina?
—Argentina me parece que es un país que ha tenido buen espacio de lectura para el ensayo, más allá de la no ficción, como el libro más académico, más ensayístico, más de ciencias humanas. Diría que en España no tanto. En México, por ejemplo, el cuento y la narrativa breve me parece que proporcionalmente tiene mejor acogida que en España. Pequeñas diferencias. Obviamente la literatura europea es más leída en España. Y después hay como una falsedad de que lo latinoamericano funciona muy bien en España. Creo que no es así. Proporcionalmente, he visto autores, autoras latinoamericanas que han funcionado muy bien en España, eso es la punta de la pirámide que sobresale. Pero debajo de eso hay una capa. Y creo que todos los editores latinoamericanos que llegamos a España en algún momento sobredimensionamos la capacidad que tenemos de prescribir lo latinoamericano. Quienes trabajamos esa línea latinoamericana, la capacidad de prescribir, de vender bien la literatura latinoamericana es muy difícil. Por ejemplo, nosotros pecamos muchos años de ser quizás una editorial latinoamericana en España, y eso toma tiempo, toma tiempo entenderlo y acomodar el catálogo también. No podemos llevar el catálogo de México de la misma manera a España, porque no podemos, por ejemplo, presentar dos, tres novedades mexicanas el mismo mes en España. Entonces hay que dar un juego a ese catálogo, hay que saber introducirlo, hay que saber presentarlo con lo demás como parte del proyecto. En la editorial, un 75% de los libros son traducción, que no se desdibuje eso y que sea conveniente en el catálogo. Y eso es lo que hemos aprendido a hacer bien y mejor, con el tiempo y poco a poco.
—No es un catálogo el de Sexto Piso con mucho autor, autora argentina. No sé si es algo que ustedes se preguntaron, si encuentran de interés ¿o me estoy equivocando, quizás?
—No, creo que no te equivocas, pero lo matizaría de algún modo o intentaría explicarlo. En general, como te decía, el catálogo de la editorial es un 75% traducción. Ese 25% que nos queda es de libros escritos en español. La editorial tiene sedes en México y España, por lo cual hay una preponderancia de autores españoles o mexicanos. Y después el número de títulos que podemos hacer al año, 24 títulos. El espacio para autores de otros países ya de por sí es reducido por esa lógica que tenemos y creo que juega en contra nuestra otra cosa y es que en Argentina sí hay como una industria editorial y un hábito de lectura potente. Muchos de esos libros ya están publicados en Argentina, por supuesto, pero algunos salen. Entonces el espacio o la posibilidad de encontrar nuevos autores para publicar por fuera no es tan fácil. Tenemos a Pablo Katchadjian, por ejemplo, que no lo publicamos para Argentina, pero sí para España, para México.
—¿Y qué advertís del panorama argentino literario o ensayístico que te guste, que te llame la atención o que venís siguiendo ese tiempo? ¿Autores, editoriales? ¿A dónde pones el ojo?
—Me gusta la capacidad que tienen las editoriales para inventar y reinventarse. La originalidad es muy amplia. Aquí te encuentras con Siglo XXI, una editorial consolidada, de más fondo, más relación universitaria-académica, pero a la vez no los llamaría exactamente clásico. Caja Negra, tan versátil también en el ensayo o Godot que hace también recuperaciones de autores clásicos, que “vestidos” de otra forma llegan a otro tipo de lector. Hay mucho, Bajo la luna en poesía, que también lleva un recorrido importante, a mí me ha gustado siempre el trabajo que hacen, Chai… no quiero decir muchos nombres porque dejo otros por fuera. Estos stands colectivos que hay aquí, que cada vez más, esa manera de juntar proyectos para fortalecerse es algo como hicimos en España, seguimos haciendo con Contexto y creo que es muy útil.

—¿Qué dirías que es editar hoy? o ¿qué te planteabas cuando empezaste con Sexto Piso y cómo ves hoy ese oficio del editor?
—Yo sigo pensando en una idea que para nosotros fue muy intuitiva, porque la editorial comenzó sin que ninguno viniéramos de tener un largo recorrido en este sector, casi desde el desconocimiento. Con mucho entusiasmo, sí. Yo pensaba que la definición más corta de un editor es un lector que busca lectores que se le parezca, y creo que sigue siendo así. Creo que esa definición sigue siendo válida para nosotros y quiero creer que lo que hemos conseguido dentro de esa definición es hacerlo más viable. Hacerlo más viable significa por supuesto no desconocer la parte de una editorial como industria cultural, como empresa, porque la negación de eso genera muchos problemas, pero también entender que la consolidación de un proyecto como Sexto Piso es una cuestión de mediano y largo plazo, lento, y que para que a un editor le vaya bien o a una editorial le vaya bien hay que picar mucha piedra, como se dice, entender muy bien el sector, las diferentes situaciones. Creo que particularmente nosotros hemos aprendido a tomar ciertas ventajas o ciertos puntos a favor de las dificultades. Un proyecto como Sexto Piso no hubiera sido viable si no hubiéramos dado el paso, por ejemplo, de irnos a España. Y eso lo hicimos muy rápido, año y medio, dos años de comenzar el proyecto. Pero ese tipo de decisiones que a priori podían sonar como un poco arriesgadas o en cierto modo descabelladas o no acordes al momento de la editorial, es lo que para nosotros ha terminado siendo la labor, el oficio de un editor. Cuando decía buscar lectores que se parezcan también estaba pensando en dónde encontramos un número suficiente de lectores que nos permita la viabilidad de este proyecto que tiene limitaciones, limitaciones por supuesto económicas, de estructura, etc. Pero también que no busca un gran público necesariamente.
—¿Te parece que hay un debate literario interesante hoy en día? Me refiero a que a veces se habla que no hay más crítica literaria o que la crítica literaria ya no tiene tanta incidencia, que más que nada se muestran los libros por las redes y ahí queda todo, que la velocidad todo lo consume… ¿Te parece que es un momento interesante este a nivel global para un editor de ensayo, de narrativa?
—Interesante siempre tiene que ser para uno, porque si te descuidas en eso… También hay que acomodarse a esos cambios culturales que suceden siempre. Prefiero no ser muy apocalíptico, intentar leer el momento. Claro, la crítica está desapareciendo. Ha desaparecido en el sentido en que la concebíamos hace veinte años, quince años. Los suplementos literarios de los grandes periódicos tienden a desaparecer o han bajado en cuanto tamaño y los que quedan, que siguen consolidados, lo que está claro es que no son tan prescriptores en el sentido de ventas, por ejemplo, como lo eran al comienzo. Al comienzo nuestro siempre te decían que en España, por ejemplo, una portada en Babelia agotaba una edición. Eso ya no sucede, la crítica se ha atomizado y ha cambiado de formas. En la generación nuestra como editores el cambio fue en el trabajo con las librerías, pensar en las librerías como un prescriptor y se empezó a hacer un trabajo de promoción que hasta ese momento no se hacía con las librerías. Ahora te diría que ya está tan intrínseco que si alguien tiene una editorial trabaja las librerías como prescripción. Pero cuando empezamos no era así. Los editores de la generación anterior nuestra no necesariamente hacían ese trabajo porque la prescripción estaba más enfocada en los suplementos, por ejemplo. ¿Ahí ha habido un cambio generacional, no? Hecho por la necesidad, supongo, por la manera de verlo, por la necesidad de encontrar a codazos un espacio en una mesa de novedades, “mírame, aquí estoy, estos son mis libros”. Ahora están los bookstagrammers, instagrammer, booktubers, podcasters… Todo eso va cambiando y se hace más difícil trabajarlo porque se atomiza más. Pero al final ahí hay una prescripción, nos guste más, nos guste menos, la consideremos más erudita o menos erudita, da resultado.
—¿Algo de lo que me contabas del aumento de las ventas se puede explicar por ahí?
—Quizás sí. Lo que creo es que la especialización en el catálogo y en la venta, también ha llevado a la especialización en la comunicación. Y eso hace, por un lado, más viable un proyecto pequeño porque puedes encontrar el mínimo número de lectores que necesitas, porque las grandes editoriales siempre dejan espacios bajo esta teoría, donde te puedes colar no en la parte de arriba, sino en la mitad o en la parte de abajo de la pirámide. Eso te garantiza un espacio. El problema es que te exige más trabajo: si antes con diez suplementos cubrías todo, ahora tienes cien prescriptores diferentes en los que tienes que estar pensando todo el tiempo, en los que tienes que encontrar una manera de trabajar con él. Nuestros recursos son finitos y entonces no necesariamente tenemos la forma de llegar a esos cien o ciento veinte, ciento cincuenta o doscientos prescriptores.
