
Desarrollados durante la dictadura en Chile (1973-1990), algunos de los poemas de Elvira Hernández circulaban de mano en mano, mientras que otros no llegaron a ser publicados debido a la censura. En el prólogo de la antología, Guido Arroyo González repone parte de ese surgimiento, “Rosa María Teresa Adriasola bajo la dictadura cívico-militar pertenecía a un grupo de resistencia. Una tarde de 1979 estaba saliendo de una estación cuando la policía realizó un allanamiento. Le encontraron propaganda anti régimen en la mochila y fue a parar al cuartel Borgoño de la CNI (Central Nacional de Información), donde fue interrogada y torturada durante cinco días.” Cuando finalmente sale, escribe La bandera de Chile y le recomiendan que, antes de publicarlo, adopte un pseudónimo: así nace Elvira Hernández.
Este libro forma parte de la colección ‘En Obra’ de la editorial, que reúne antologías poéticas de autoras como Cristina Peri Rossi, Ida Vitale, Circe Maia, entre otras; y una antología de narrativa breve de Daniel Moyano, dividida en dos tomos.
«Elvira Hernández es una poeta extraordinaria, de las mejores poetas vivas del Conosur. Tiene una obra poética muy poderosa, además de la ensayística, que es muy fuerte también», indican desde la editorial Caballo Negro. «Y la idea de esta antología de Elvira iba al dedillo con el resto de la colección En Obra por las excelentes poetas que publicamos ahí. En ese sentido dialoga con toda la colección porque es una poesía que no es complaciente. De hecho, es necesaria. Y somos lectores de ella desde hace años. Sentíamos que Argentina circulaba poco y nada su poesía, y que había un montón de lectores que querían leerla, releerla y otros a los que queríamos hacérsela llegar para que la conocieran».
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La poesía de Elvira Hernández está atravesada por la violencia vivida en su país mientras la escribía y, más adelante, los vestigios y rastros que quedaron de ella. Es una poesía cruda, con un uso visceral del lenguaje, que va al hueso. En sus poemas, las palabras se arrastran y retuercen, estallan como el contexto social que rodea a quien los escribe, y se esparcen por la página como esquirlas. El poema “Día 1” comienza así, “a alguien le parece que sale el sol / una luz cruza como una cuchillada / el relámpago matutino del filamento despiadado”, y sobre el final dice, “el día se destripa encima / y hay que ponerle el hombro para cargarlo”.
Si bien algunos poemas son más narrativos que otros, en todos se encuentra ese quiebre de la sintaxis tradicional, y una ausencia de la puntuación o la rima, que resultan inevitables, porque para escribir en un país que se derrumba es necesario alejarse de las formas convencionales, y usar el lenguaje coloquial como medio de expresión también. “Vengo del País de los Vertederos Eternos, del Aerosol Templado, de los Montes de Piedad haciendo nata. Flora y Fauna Travesti largándose por el larguero de tierra sableada. Despeñados por la Montaña Rusa nuestros sesos lloran Edén y Landia, Cielo y Tierra.”

En el centro del caos, está la autora, que todo lo ve y registra, en ese afán por recorrer un espacio que se sabe cambiante, en conflicto, con sus huecos, desvíos y caprichos. Aunque la poeta anda sola por la ciudad, su voz, de a momentos, se vuelve colectiva, y encarna los problemas y sentimientos de toda una sociedad: “llevamos el serrucho bajo el brazo / un veneno poderoso en el corazón”, “Sólo queda la rabia / las excretas / y el rayado de muros”. Hay denuncia en sus poemas, incluso una urgencia y necesidad por dejar registro de las injusticias pero sin perder ese ojo poético, el pensamiento lírico. La sensación de alienación y el hartazgo que produce el trabajo, la despersonalización necesaria para atravesar la cotidianidad, y la manipulación del gobierno y los medios construyen el paisaje que rodea a la poeta. “Cuando los días son todos iguales todos pegados unos a otros a otros / todos por el mismo hilo dictatorial conocido / ya nadie reconoce ya los horrores por sus horrores sino por su vértebra”.
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Elvira Hernández se describe a sí misma así: “(…) no pertenece a la mayoría ni a la minoría. No es de vanguardia o neovanguardia, ni marginal, ni underground. Nunca fue poeta joven. No se exilió ni adentro ni afuera. Ha estado ausente y ahora hace número.” Como si hubiese llegado tarde a la poesía, y ahora que forma parte de ella, no le interesa pertenecer a ningún grupo. Es una autora que, al igual que su obra, esquiva las etiquetas, resiste el intento de sistematización o de inclusión dentro de una categoría que pueda reducirla. Su poesía es única porque pareciera inagotable, no hay tema que no toque: el arte contemporáneo, los animales, pueblos imaginarios, la naturaleza, política, cultura popular. “La poesía no es temática. / La poesía habla de todo al mismo tiempo. / La poesía es caja de sorpresas / Caja china / De Pandora / Una caja”. A todos estos temas los atraviesa con sus versos, iluminándolos brevemente para luego dejarlos ir y continuar esa deriva que la poeta habita como si fuera el propio hogar. Entonces, estamos ante una poesía nómada, errante, abierta a lo que se encuentre en sus travesías.
Su escritura se vuelve una suerte de mapa por una ciudad amorfa y desfigurada, que muchas veces engaña, por la cual la poeta vaga, en una caminata sin rumbo que se extiende de forma indefinida. La cartografía que dibujan estos poemas se sostiene por la gente que la carga a cuestas, como la autora; sus cimientos están hechos de hambre, cuerpos, atosigamiento, calor. “Cuando los días son todos iguales todos repletos por el hambre / el hambre se reparte en estallidos de dientes y esquirlas / se repletan solos los ataúdes ajustados por el hambre”. A través de estos poemas, asistimos a los viajes de una poeta desencantada, con una mirada ácida sobre la realidad que la envuelve y un tono irónico para hablar de ella. Es una escritura marcada por el desarraigo y la marginalidad. “¿Estará en algún lugar del territorio / la mano de la justicia o solo seremos pasto / y gente que escobilla sus trajes?”.
Acá hay una poeta que se mueve por los márgenes y límites de una ciudad —y un país— que no da tregua, donde va construyendo distintos yo poéticos para cada ocasión. Con esto, la autora parece decirnos: no importa tanto quién habla sino qué se dice. Como dice en el poema que cierra esta antología: “Escribir es ausentarse” y “Los nombres solo pueden interesar a la policía.”
