
Un día, en un bar, Andrés Montero (Santiago de Chile, 1990) descubrió que cuando contaba uno de sus cuentos podía ver lo que generaba su literatura en la mirada de quienes escuchaban. Desde ese día, hace 15 años, su vida no volvió a ser la misma y la narración oral se convirtió en su oficio. En su paso por Argentina para participar de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires (FIL), el escritor y autor de una obra que incluye novelas, cuentos y ensayo asegura que es un gran momento para la literatura latinoamericana y no deja de asombrarse por la pasión por la lectura y los libros en las calles que recorre.
“La gente lee mucho, relacionan libros, títulos, me sorprenden. Las librerías de viejos de Av. Corrientes tienen siempre entre siete y ocho personas. En Chile no suele haber nadie. Los libros, la lectura es algo que los porteños no sueltan”, afirma en una librería de Palermo una tarde calurosa de otoño antes de ir a la FIL.
Impulsor y director, junto Nicole Castillo, su compañera y madre de su hijo, de la Escuela de literatura y oralidad Casa Contada, Montero defiende “la literatura porque es una herramienta de cohesión social” y asevera que “la palabra compartida es un espacio de resistencia”. Sobre el trabajo de la compañía relata: “Pedimos condiciones mínimas como que no sean más de 100 personas, que haya buena acústica. Contamos para niños a partir de 4 años. En lo particular, me gusta contar para chicos de 15, 16 porque vienen con pocas ganas y después se empiezan a entusiasmar. Son cada vez menos los espacios para ese ritual. Cuando pasa, en un bar o en una escuela, siento que se está reconstruyendo tejido, rearmando comunidad. Los clubes de lectura recuperan algo de eso también. Necesitamos ver qué hacemos con eso que nos pasó cuando leímos. Estamos en un momento de fascinación con las redes pero hay un agotamiento. Nosotros, por ejemplo, no grabamos las funciones de narración oral, fue eso, si no viniste todo bien, habrá otra pero esta te la perdiste”.
Además tienen dos proyectos audiovisuales como “Los cuenteros”, en el que retoman cuentos tradicionales en capítulos que se pueden ver en YouTube, y “Los cuenteros en ruta” para el que recorrieron pueblos de Chile buscando historias.
Esta impronta de narración oral está en sus novelas: desde la primera “Tony Ninguno”, en la que una niña se gana el protagonismo en un circo a partir de su capacidad para compartir cuentos, hasta la más reciente “El año en que hablamos con el mar”, un relato colectivo en el que se reencuentran dos hermanos y recuperan lazos perdidos mediante viajes a Argentina, España y la isla que los reencuentra.
Entre estas dos novelas, editadas por La Pollera, están los cuentos “La muerte viene estilando”, el ensayo “Por qué contar cuentos en el siglo XXI” y la novela “Taguada”.
-En una época en la que todo parece narrarse en imágenes, el oficio de narrador oral imprime otro tiempo, ¿cómo asumís ese desafío?
-El tiempo que necesita una historia para ser escuchada no es lo mismo que el tiempo que necesita una historia para ser mirada, observada. Escuchar una historia y entenderla tiene requerimientos que tienen que ver con el tiempo, con lo comunitario, el lugar en el que esas historias pueden sobrevivir o vivir. Me gusta mucho lo que pasa cuando una historia oral puede desplegarse, conecta con aspectos de lo humano como la escucha, lo comunitario, la empatía, la generación de una atmósfera común.
-En “El año en que hablamos con el mar”, el lugar de relato y escucha se da en esa taberna que fue un barco, marcando esa posibilidad de viajar con la narración.
-Eso es también la literatura. Pongo mucha atención en la materialidad de la voz, los acentos, las pausas, lo que dice de quien está contando, observar lo que no se cuenta, cuando dice algo de memoria. Después esas cosas las llevo a los libros.
-En tu primera novela “Tony Ninguno” la narradora es una mujer, en “El año…” hay un narrador colectivo. ¿Cómo decidís esos narradores, esos puntos de vista?
-Es lo más importante. La forma de trabajar cada libro va cambiando pero en general primero tengo la historia que quiero contar, después elijo quién la cuenta. En el caso de “Tony Ninguno” no quería que fuera la niña porque era además de otra época, entonces empecé a esforzarme por buscar narradores y en un momento dije “es la narradora del cuento que se cuenta en el circo” y salió.
-Era muy difícil porque hay escenas de sexo y de violencia muy bien contadas desde una mujer. ¿Cómo trabajaste esa voz?
-Me asesoré un montón, le pedí a muchas amigas que leyeran y me dieran su opinión. Fue muy difícil pero el narrador te gana. Me pasó lo mismo en “El año en que hablamos con el mar”: después de probar que primero lo contara un mellizo y después otro, pensé ¿a quién le importa esta historia? Siempre las primeras respuestas son “a nadie” pero me di cuenta que a alguien le importaba la historia de los mellizos Garcés, quienes se reencuentran después de 50 años, y era a los isleños. Entonces dije que la cuenten ellos. Fue mucho tiempo de probar y jugar y se fue armando. Cuenta el que tiene más ganas y las ganas siempre ganan.
-En “El año…” y “Tony…”son centrales las comunidades: la taberna y el circo. ¿Te interesa especialmente alejarte de los relatos más urbanos?
-Aparecen de fondo, es algo lejano. Viajo mucho y me gusta recorrer pueblos, islas, lugares en los que cuando hablan de la ciudad, suele ser así: algo lejano. Por ejemplo, los isleños de Rapa Nui dicen “ustedes vienen del Conti”, no decían de Chile, decían del Continente. La ciudad, lo grande, los edificios es algo que está por allá y el mundo nuestro es este que viven. Yo soy citadino entonces lo veo al revés: la ciudad es esta y hay gente que vive por allá.
-La riqueza de lenguajes, modismos que hay en América Latina, generalmente se pierde cuando termina contándose en función de lo que pasa en las ciudades.
-Hay palabras, formas, chistes que se van perdiendo. Como soy citadino me llaman la atención las frases, los modismos, los ritmos que percibo diferentes. No me interesa tanto compartir mi mirada citadina, no creo tener una mirada particular sobre la ciudad. En cambio, sí tengo una mirada extrañada del interior o del pueblo. Ahí resisten o perviven formas de vivir del ser humano que en la ciudad deberíamos volver a mirar. A veces me dicen «estos lugares que son menos desarrollados…» y entiendo lo que dicen, pero después veo que en esos lugares dejan las bicis afuera y no se las roban entonces ¿eso es ser menos desarrollado? No estoy tan seguro.
-Volvemos al tiempo que impone la ciudad y la aceleración en función de todo lo que hay que hacer para intentar sobrevivir…
-Sí, esta aceleración hace que nos vayan sacando palabras también. La palabra “historia”, que nos ha acompañado tanto tiempo, hoy está asociada a la publicación de Instagram. Se sube y dura 24 horas. Una historia es lo que menos desaparece, lo que más se mantiene, se alimenta con el tiempo, va cambiando, mutando. Me gustaría disputar esas palabras, no querer perderlas. O la palabra libertad que hoy parece ser fea.
-¿Qué aporta la literatura a la conversación pública?
-Estamos viviendo procesos que tienen que ver con la memoria, con lo que se va olvidando, perdiendo. La literatura implica poner sobre la mesa historias para que nos apropiemos de ellas, son como repertorios de sentido, puede funcionar como espejo, nos ayuda a ver lo que nos está pasando, nos puede pasar o nos pasó. Hace que nos sintamos más armados, cuando nos faltan las historias, estamos más desarmados. En este momento en Chile estamos atravesando una crisis de relatos, no sabemos bien quiénes somos, olvidamos nuestros mitos, el pasado reciente se está relativizando entonces cuando te dicen defendamos lo nuestro, la pregunta es ¿y qué es lo nuestro? Ahí es donde la literatura puede aportar mucho. Cuando fue el estallido social en Chile, ante la idea de que nadie lo veía venir, que nadie creía que estábamos tan mal, la crítica literaria Patricia Espinosa decía “no leyeron literatura chilena, esto estaba contado hace mucho tiempo, la literatura chilena hasta 2018 estaba llena de libros que venían advirtiendo como se venía sintiendo el pueblo”. Defiendo mucho la literatura, me encanta leer y la considero una herramienta de cohesión social. Y sostengo que el ritual en torno a la palabra compartida es un espacio de resistencia.
-¿Cómo ves la circulación de autores latinoamericanos contemporáneos?
-Estamos en un muy buen momento porque se lee mucho y hay mucha gente de Chile cuyo escritor favorito es (Alejandro) Zambra, Nona Fernández o una autora argentina, una mexicana. Nos estamos leyendo, eso tiene que ver con que dejamos de escribir como si tuviéramos que gustarles a los españoles, hay libros que eran una mala traducción de Anagrama pero escrita por un argentino, un chileno o un peruano.
-¿Te definís como narrador?
-Sí, porque cuando escribo, narro y cuando cuento, narro, entonces soy narrador. A veces lo hago por escrito y otras de manera oral. La dos las disfruto.
-¿Cuál es la clave para una buena narración oral?
-Es contar, no leer. Implica contar como se cuenta un recuerdo, no es una actuación, no soy un personaje. Lo que está de fondo es que el narrador desaparezca para que aparezca el cuento. Hay de todo: funciones malas claro. Pero en general la gente se va tan descansada, agradecida. Es como un masaje. Es activar el ejercicio de crear imágenes tu solo mientras escuchas.
-¿Te acordás cuando fue el momento en el que pusiste en práctica tu rol de narrador y dijiste quiero seguir haciendo esto?
-La primera vez que conté un cuento en un bar fue hace como 15 años. Había tomado un taller y cuando terminó cada uno contaba un cuento. Yo había sacado mi primer libro que era de cuentos y elegí uno para contar, me preparé para contarlo como narrador, y empecé a ver que la gente abría los ojos, bostezaba, otros muy interesados, veía lo que producía mi literatura en vivo, nadie me podía mentir.




