
La historia de García Montero con la Feria del Libro de Buenos Aires es larga. Mi primer recuerdo suyo es en el Festival Internacional de Poesía de la 34ª Feria del libro de Buenos Aires en 2008. El mismo año que Almudena Grandes, su compañera fallecida en noviembre de 2021, presentó en Buenos Aires “El corazón helado”, libro que la convirtió en una “rockstar”, en palabras de su editora argentina Paola Lucantis, y una autora muy querida en el país.
Desde entonces el poeta ha vuelto siempre que lo han invitado, con Almudena y luego sin ella. “Me vuelven muchos recuerdos al regresar a esta ciudad”, dijo el poeta a Señalador el pasado mes de abril, entre presentaciones, en el predio de La Rural durante la Feria Libro de Buenos Aires.
Señalador: Entre tus actividades en la Feria del Libro presentaste el catálogo de la muestra “Walsh Facio. La palabra y la mirada” organizada por el Instituto Cervantes y la Fundación Walsh Facio que reúne por primera vez en una exposición archivo inédito y objetos de María Elena Walsh y Sara Facio. ¿Cómo se implica el Instituto Cervantes en este proyecto?
Luis García Montero: La labor artística de estas dos mujeres tiene un alto valor cultural y un significado histórico importante en Argentina y en la cultura en español. Ha sido una verdadera suerte poder colaborar con la Fundación Walsh Facio, y la exposición en Madrid ha despertado mucho interés entre numerosos visitantes. Se comprueba la obra fotográfica de alguien que interpretó la realidad con su mirada y presentó con sus ojos a autores como Borges, Cortázar, Paz, Fuentes… Y los poemas y las letras de canciones de María Elena Walsh invitan a la imaginación y el sentimiento de la realidad en un mundo que abarca desde las dinámicas infantiles hasta los compromisos sociales. Conocidas y representadas por la Fundación en Argentina, al Instituto le interesa mover la exposición por sus centros en Europa y Norteamérica. La cultura libre es compromiso social, oposición al autoritarismo, respeto a la propia conciencia, y la historia alternativa de estas dos mujeres así lo demuestra.

S.: En conversación con Chema Forte durante una entrevista en Cadena 3 dijiste que, “Argentina y Borges son una referencia decisiva para toda nuestra cultura”. Este año se conmemora el aniversario 40 de la muerte de Borges, contamos acerca del legado que será depositado en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes.
L. G. Montero: También es una suerte para el Instituto Cervantes colaborar con la Fundación Borges. A la hora de difundir la cultura en español, colaborar con fundaciones e instituciones latinoamericanas es prioritario. Si nos reunimos todos los países que tienen el español como lengua materna, conformamos el segundo idioma del mundo en hablantes nativos y eso es muy importante a nivel internacional y le da protagonismo a nuestra defensa de la multiculturalidad. Borges supone uno de los grandes referentes de la literatura en español. Ya hemos tenido la suerte de poder publicar en el Cervantes un libro sobre su relación con el papa Francisco. Sus narraciones y sus ensayos nos han enseñado a dialogar con la tradición y a leer los sedimentos de la memoria con los ojos del presente, algo decisivo para la cultura. La Caja de las Letras es una apuesta del Cervantes que recuerda los depósitos del pasado y sus mejores herencias como el mejor compromiso con el futuro. Convertimos la caja de caudales de un banco, el Banco del Río de la Plata, en caja de las Letras, porque pensamos que la verdadera riqueza de una comunidad es su cultura. Ahí están ya García Lorca, García Márquez, Sábato, Elena Poniatowska, Unamuno, María Zambrano, Alejandra Pizarnik… Jorge Luis Borges es para nosotros una presencia imprescindible. Con la Fundación Borges, llevaremos y custodiaremos las primeras ediciones del escritor, algún manuscrito, fotografías, algún objeto personal que recuerde su vida y su literatura.
S.: Acaba de salir en España “La mejor edad”, novela que llegará en los próximos meses a Argentina de la mano de Tusquets. Volvés a la narrativa 12 años después. ¿Cómo vivís esta reciente publicación? ¿Qué significa volver a la novela?
L. G. Montero: Cuando escribo poesía, intento que mi yo biográfico se convierta en un personaje literario dispuesto a ser habitado por la condición humana de los lectores. Se pasa del yo al nosotros. Este paso es más amplio en la novela, abre la significación a distintos personajes que encarnan la dimensión amplia de una sociedad en la que se producen los conflictos de la vida, el amor, la democracia, la pérdida de memoria, las esperanzas… Después de la muerte de Almudena, publiqué un libro de poemas, Un año y tres meses (Tusquets, 2022), para buscarle un sentido a mi vida, una respuesta al vacío. Ahora, cuando escribo poemas, siento que sigo en la misma situación y me repito, algo que no me gusta. Por eso saqué del cajón este proyecto de novela, que me invita a crear desde un género distinto. Es una meditación sobre la muerte, pero situada en la experiencia colectiva del mundo en el que vivimos. Dos personajes, un juez y una persona a la que sentenció sin pruebas siendo joven. Ellos se encuentran y hablan de sus vidas, del mundo, de las segundas oportunidades, del diálogo con los jóvenes, de los naufragios y las esperanzas…

S.: Almudena le hizo correcciones a la novela y también hay para ella un homenaje en el personaje de Paula, sigue habitando tu escritura. ¿Cómo fue el proceso de rescate y corrección de ese manuscrito atravesado por su mirada?
L. G. Montero: Almudena y yo éramos nuestros primeros lectores, nuestros correctores. Teníamos el pacto de hacer lecturas muy críticas para así ayudarnos a corregir lo que escribíamos. La complicidad de una pareja permite más libertad de opinión que la lectura de otros amigos, que no son muy críticos, porque temen molestar y enfadar. Almudena tenía la consigna amorosa de criticarme. Acabé un primer borrador de La mejor edad en 2008, Almudena la leyó y me hizo muchas indicaciones. Cuando me iba a poner a hacer la segunda versión, se cruzó la enfermedad y luego la muerte de ella. Además, un nuevo Gobierno progresista me nombró director del Instituto Cervantes, y me tuve que volcar en el trabajo del nuevo cargo. Así que la novela estuvo encerrada en el cajón. Ahora, para buscar nuevas posibilidades literarias, he sacado el borrador del cajón, he aprovechado las sugerencias de Almudena, he intentado darle sentido a esta meditación humana sobre la historia que vivimos y, claro está, se añadieron detalles que tienen que ver con la enfermedad, los cuidados, la soledad y la necesidad de esperanza a la hora de pensar en un futuro habitado por nuestros hijos. Yo estoy contento, pero si Almudena hubiese leído el libro seguro que me diría: ha mejorado mucho, pero tienes que corregir alguna cosa más.
S.: Los personajes del libro se reencuentran 50 años después de la muerte de Franco, ¿qué conclusiones sacan de la sociedad española después de estos años de democracia?
L. G. Montero: Los personajes se cruzaron en una situación difícil, en 1975. Vuelven a juntarse 50 años después, porque el juez encuentra una sentencia de su juventud y se siente mal consigo mismo. Ha cambiado, se ha convertido en una referencia de la justicia internacional y de los derechos humanos, y le duele su comportamiento autoritario en aquellos años del final de la dictadura franquista en su juventud. Cuando se vuelven a encontrar, el otro personaje, Manuel, ha rehecho su vida, ha vivido una historia de amor importante y también se ha equivocado. Los dos aprenden a escucharse, a entenderse. Creo que vivimos una época donde los defectos del otro suelen utilizarse para esconder los propios errores y eso empuja a la crispación, el fanatismo y los dogmas. Por eso leer y escuchar, las conversaciones y los diálogos, son muy importantes para recuperar la conciencia del nosotros. Vivimos un tiempo muy individualista y los movimientos colectivos sólo sirven para agrupar el rencor, el odio a lo otro. Necesitamos una cultura que nos convoque a las ilusiones colectivas, no a los rencores y los insultos. Y he querido que la conversación entre el juez y el antiguo sentenciado supongan la posibilidad de diálogo y la fe en las segundas oportunidades.

S.: Te diste un tiempo para no repetirte con la poesía pero estás escribiendo un poemario que saldrá el próximo año, ¿cómo está siendo el proceso de búsqueda? ¿Qué estás encontrando?
L. G. Montero: Poco a poco voy escribiendo poemas para un libro que quizá se titule «Mar de nubes”, porque habla de la mirada de un personaje solitario que mira hacia una realidad llena de abismos, como en el famoso cuadro de Friedrich. Intento que mi experiencia personal de la soledad no me aísle del mundo. La poesía me ha enseñado a distinguir entre la soledad, propia de la gente que responde a su propia conciencia más allá de cualquier consigna, y el aislamiento, situación de la gente que pierde su compromiso por el mundo, se encierra en su casa y deja de preocuparse de lo que ocurre. Mi soledad no es aislada, sino solidaria, una conciencia sola que se preocupa por lo que ocurre, un modo personal de estar en el nosotros. Los poemas que ahora escribo intentan reconocer, indagar en mi soledad, en mis pérdidas, para comprender lo que pasa en el mundo de hoy y poder seguir el camino con ilusiones que me hagan formar parte de ese nosotros que se quebró para mí con la muerte de Almudena.
S.: Tu voz poética es muy reconocible para quienes llevamos tiempo leyéndote, ¿cómo lográs que esa conquista y esa marca no sea una trampa para vos mismo?
L. G. Montero: Cuando uno empieza a escribir, busca su propio mundo. Yo nací en Granada y recibí pronto la herencia de García Lorca. Uno siente la vocación porque ha aprendido a admirar a poetas anteriores. Yo me formé con García Lorca, Alberti, Garcilaso, Borges, Neruda, Gloria Fuertes, Rosario Castellanos, Pizarnik, Gelman, José Emilio Pacheco… Y desde la admiración fui buscando mi camino. El deseo, acompañado por Jaime Gil de Biedma y Ángel González, fue hacer de la poesía una forma de conocimiento que uniese la meditación sobre la intimidad y el sentido histórico de la vida. Me gusta la poesía que se compromete con la búsqueda de una nueva educación sentimental. Me sentí en mi propio mundo con los poemas de Habitaciones separadas, un libro que se publicó en 1994. Desde entonces, procuro sentirme vivo, es decir, localizarme en mi mundo, pero sin estancamientos, sin repeticiones, interesado por lo que puedo descubrir cuando doblo la esquina y encuentro nuevas calles. Y mis experiencias humanas, el día a día, el amor, la pérdida, los fracasos políticos, las conquistas, las vueltas del mundo, me ayudan a seguir buscando respuestas.
S.: En tu escritura hay un fuerte compromiso con el futuro, con la lengua de todos, con lo colectivo, con la memoria y las herencias culturales. ¿Cómo conviven estos valores que requieren tiempo y calma para la reflexión en el mundo actual en el que todo va tan deprisa?
L. G. Montero: Creo que es una de las aportaciones del humanismo y la literatura a las dinámicas de hoy que convierten el tiempo en una mercancía más, una mercancía de usar y tirar, que invita a la crispación, a la pérdida de calma para pensar y hacernos dueños de nuestras opiniones. Cancelar el diálogo con el pasado supone también perder la responsabilidad sobre el futuro, convertirnos en individuos sin herencia humana y sin compromisos con el porvenir. Me gusta repetir mi admiración por los maestros y pensar que respondo a esa herencia desde mi personalidad presente en espera de que los jóvenes mañana puedan pensar en mí como yo pienso en García Lorca o en Machado. Las prisas imponen una cultura individualista, sometida a los fanatismos.

S.: ¿Qué te interesa de la poesía que estás escribiendo hoy?
L. G. Montero: Me interesa preguntarle por mí, por nosotros, por los conflictos que no requieren soluciones fáciles, sino conocimientos, y por un sentido de la verdad que no se convierta en dogma, sino en acercamiento a la condición humana en la época histórica que vivo. Y le pido a los poemas que me otorguen un nuevo sentido para la vida, para la palabra nosotros, una ilusión capaz de recuperar la alegría de vivir después de la pérdida vital que traté en mi último libro, después de la muerte de Almudena. A la poesía le pido que siga luchando por un mundo en el que el ser humano sea la razón principal en su capacidad de habitar la tierra sin afanes destructivos y sin violencias. Que la vida se tome en serio las palabras y las preguntas sobre el yo y el amor.
