
La traducción como pasaje a un nuevo universo y como llave para democratizar lenguajes es un oficio clave en la industria editorial. ¿Cómo se elige una obra para traerla (o llevarla) a un nuevo idioma? ¿Cómo se encara ese proceso de trabajo de tanta intimidad con un autor o autora? ¿Está realmente valorada la tarea de traducción?
César Aira con William Shakespeare y Stephen King, Jorge Luis Borges con William Faulkner y Hermann Hesse, Julio Cortázar con Daniel Defoe y Marguerite Yourcenar son algunos ejemplos de escritores argentinos entrenados en el oficio de la traducción. Lujos que los lectores pueden encontrar en español gracias a ellos.
En la escena literaria actual, Argentina cuenta con editoriales dedicadas especialmente a la traducción de clásicos o contemporáneos. ¿Cuál es el mayor desafío de la tarea de traducción en este momento?
Aimé Olguín, profesora de Literatura Norteamericana en la Universidad de Buenos Aires y una de las impulsoras de la editorial Palmeras salvajes asegura que la traducción literaria, en especial, es una gran herramienta para apuntalar la bibliodiversidad en el universo cultural argentino. Subraya que “es una forma de enriquecer nuestra propia lengua y literatura y democratizar el acceso a la producción artística del resto del mundo”.
En ese punto destaca a los traductores literarios como “agentes imprescindibles en este proceso”, que nunca han tenido el reconocimiento suficiente en su tarea. Sobre el desarrollo de la inteligencia artificial, la docente reconoce que “es innegable que lo mismo sucede con otras profesiones del campo de la cultura, pero el ascenso de la inteligencia artificial profundiza el problema para el traductor”.
“Debemos esperar y ver en qué deviene esta tecnología, cómo se regula y se consolida su uso, y cuál es el consenso editorial en torno al tema. ¿Debemos entenderla como una herramienta que facilita la resolución de ciertos procesos técnicos en la traducción de las ciencias humanas? Es posible. Pero no creemos que la IA pueda reemplazar al traductor en toda su tarea, que involucra aspectos éticos además de estéticos”, apunta.
Laura Wittner es poeta, escritora y traductora. Escribió “Se vive y se traduce” (Entropía), un diario que puede leerse como una bitácora y un diario de lo que implica asumir la tarea de llevar (o traer) al español autores como Leonard Cohen, David Markson, Anne Tyler, M. John Harrison, Katherine Mansfield y Leanne Shapton, entre muchos otros.
En este libro sobre el oficio hay varias definiciones sobre qué es traducir. Dirá que “es pensar en una», más tarde anotará «traducir es ir pegado a la espalda de alguien». En otro momento: «Traducir es hermoso. / Traducir es horrible. / Traducir es desesperante».
Para Wittner, en los últimos tiempos, “la tarea de traducir se visibilizó más; no sé si de manera general, pero sí en algunos ámbitos. Empieza a surgir, para algunos lectores, la noción de que en eso que están leyendo intervino otra mente, hubo otras manos, hay una coautoría. Eso no significa que el trabajo se pague mejor; mucho menos ahora que siempre está esa vocecita que susurra ‘esto podría hacerlo gratis la inteligencia artificial’”.
La editorial Chai nació en 2019 de la mano de los escritores Soledad Urquía y Santiago La Rosa. Si bien habían empezado a trabajar la idea en 2018, el primer libro publicado fue “Ocho”, de la autora estadounidense Amy Fusselman y traducido al español por Virginia Higa, en agosto de 2019.

Urquía relata que Chai imprime y distribuye en España, donde les va muy bien, “igual o mejor que acá”, entonces “un gran desafío es la adaptación, porque hay palabras que el lector español rechaza” y esto los lleva a adaptar las traducciones y hacer casi el libro de nuevo, corregir, maquetar. “En otros países es más fácil, por ejemplo, en Chile, en México, salen con la traducción tal cual la hacemos en Argentina”, acota.
La editora también señala que sostener precios competitivos en Argentina es un logro: “No sé qué va a pasar en unos meses, pero hoy nuestros precios están muy competitivos en relación, por ejemplo, a las traducciones de Random o de Planeta, Anagrama o las que vienen desde España”.
“Para elegir, leemos muchos manuscritos que nos llegan de diferentes formas. Después miramos todos los catálogos de todas las agencias que nos mandan y pedimos lo que nos interesa. Es muy raro que nos llegue algún libro por recomendación de un agente, creo que solo nos pasó una vez: con ‘El resto de nuestras vidas’, de Benjamin Markovits, al que llegamos a través de la recomendación de un agente que lo mandó con una carta muy linda del editor en inglés”, repasa Urquía en diálogo con Señalador. También reconoce que hay libros que no tienen tan claro cómo llegaron pero hace hincapié en que leen mucho y eligen más. Chai publica más o menos ocho libros al año y Urquía anuncia que en 2027 probablemente amplíen ese número.
¿La clave a la hora de elegir? Que los entusiasme mucho la lectura y percibir que aporta algo distinto. “A veces nos pasa que hay libros que están buenos, pero tenemos esa sensación de que ya leímos algo parecido, entonces ese libro, en general, elegimos no publicarlo. Pero lo principal es el entusiasmo. Si el libro no nos entusiasma, sentimos que no vamos a poder sostener todo lo que implica traducirlo y que eso lleve a ser un libro”, se explaya.
Para las responsables de catálogo de Palmeras Salvajes, editorial dedicada a publicar textos de ficción y no ficción de impronta angloamericana e inglesa, el catálogo está “en una fase temprana de construcción, aunque con una impronta sólida”. La que responde es Dana Najlis, editora, crítica de cine y productora de audiolibros.
“Pensamos la publicación de cada libro en relación con el que le precede y con el que le va a seguir, como un diálogo continuo que en principio responde a una lógica interna —la nuestra como editoras—, y que ofrecemos al público lector como un posible recorrido de lectura”, advierte.
¿Cómo seleccionan los textos? “Trabajamos con textos anglófonos porque es la literatura que nos reúne, que pone en conflicto, de manera permanente, muchos de los temas que nos convocan como lectoras, escritoras, docentes. Pero esto también implica un desafío muy grande, porque este universo literario es muy basto, y a veces hasta resulta un poco desesperante abrirse camino en esa inmensidad en busca de una voz editorial. De momento solo hemos publicado libros de ficción porque es el género literario más leído y una gran puerta de entrada a la industria para un editorial como la nuestra que apenas ha dado sus primeros pasos. Estamos trabajando en la apertura del catálogo hacia otros géneros, aunque es una tarea que vamos desarrollando de a poco y sin prisa”.

Hasta el momento llevan publicados “Risa negra”, de Sherwood Anderson (1876-1941), con traducción de la escritora Márgara Averbach, “Tres vidas”, de Gertrude Stein, con traducción de Gabriela Raya; “Pálido caballo, pálido jinete”, de Katherine Anne Porter, traducido por Matías Battistón e“Incidente en el Ox-Bow”, de Walter Van Tilburg Clark y traducción de Márgara Averbach.
Olguín cuenta que el ritmo de publicación “es lento en relación con otras editoriales”, en parte porque se toman mucho tiempo para trabajar cada libro. “El proceso de edición es laborioso y sesudo, y el tiempo de trabajo que requiere está condicionado por la complejidad del texto original y de su traducción”.
¿Cómo es la relación con los traductores? “Siempre diferente; cada traductor tiene una relación particular con su texto, y como editoras intentamos respetarlo. Por el momento llegamos a publicar dos libros por año, porque también le dedicamos bastante tiempo a la lectura y a la búsqueda de materiales nuevos. Y luego toda esa lectura es puesta en discusión, compartida, sopesada. Es mucho lo que se lee y lo que se descarta, o se deja de lado de manera momentánea, en pos de construir esa constelación propia que distingue a la editorial”, señala.
En el caso de Chai, Urquía cuenta que ellos fueron armando un equipo de traductores con los que ya tienen una dinámica fluida de trabajo. En general, cuando deciden que un libro formará parte del catálogo, enseguida piensan en un traductor o traductora. “Muchas veces le empezamos a preguntar cómo viene con los tiempos y demás, porque sentimos que tiene que haber una cierta afinidad entre la manera de traducir de una persona y el texto. Es como una especie de diálogo”, reflexiona.
La también autora de “La luz y la montaña” y “Mamá india” cuenta que con La Rosa suelen imaginarse que “el autor del libro y la persona que lo traduce podrían ser amigues, que a veces es raro pensarlo así, pero un poco funciona”. “Una vez que firmamos el contrato con el traductor o la traductora, nos dice cuánto tiempo va a tardar. Cuando nos llega la traducción, la subimos un drive y trabajamos mucho la traducción, yendo al original, chequeando, mirando, buscando el tono. Para nosotros es importante que el texto funcione. No solamente la fidelidad de la traducción, sino que literariamente funcione bien el texto”, detalla sobre el proceso de trabajo que suele ser de seis meses.
Algunos de los traductores que integran ese equipo son Esther Cross que tradujo “Tiempo sin lluvia”, de Cynan Jones, y los libros de Celia Paul “Autoretrato” y “Cartas a Gwen John”; Matías Battiston que hizo lo propio con “La vida después”, de Donald Antrim y “El vestido blanco”, de Natalhie Léger o Wittner que tradujo “La tejonera”, de Cynan Jones.
