
Había un elefante en la sala: la juventud de las autoras, que ya tienen obras publicadas y que empiezan a ser reconocidas. Pero había que hacer sentar a ese elefante en el fondo de la sala para ver y pensar más allá de ese divino tesoro que es ser joven. Fernanda Nicolini, moderadora de la charla, tomó ese desafío y condujo el intercambio sin ánimo de hacer coincidir la experiencia de las escritoras, sino destacando la diversidad y vitalidad de sus textos: una buena manera de bordear qué poder transformador tendrá una literatura que ya está entre el público lector.
Milagros Porta nació en Buenos Aires en 2002 y a los veinte años publicó su libro debut, Aguamala (Hexágono Editoras), un volumen de cuentos que la instaló en la escena narrativa joven porteña. En forma paralela, desarrolla un intenso trabajo como crítica y editora de cine: coedita Taipei, revista y editorial especializada, y el año próximo publicará su primera novela. “Yo pensaba que en el título de la charla, «Río de la Plata, 2000», había una demanda, algo implícito: contar cómo escribe una chica latinoamericana en el siglo XXI. Pero eso excede lo literario; en realidad es preguntar por la propia existencia”, reflexionó Porta, y explicó que para ella se trata del mismo tema que atravesó todo el siglo pasado sobre qué significa ser un profesional latinoamericano de la escritura, y cómo responder a esa demanda. “Es una cadena que podría enunciarse así: el buen salvaje, el buen latinoamericano, la buena chica joven que debe traer la frescura. ¿Qué significa frescura? Dante es fresco y está re muerto. No pasa por ahí”, completó la escritora.
Erika Paula Curbelo, a los dieciocho años, se mudó de su Fray Bentos natal a Montevideo para estudiar. Corría 2018, y antes de dedicarse por completo a la escritura trabajó como secretaria, moza, limpiadora, analista de datos y bartender, oficio este último que aún combina con su producción literaria. Se inició en la poesía en 2021, en el taller «Susurro y altavoz» de Ruth Kaufman, y pronto derivó hacia la narrativa. En 2023 se incorporó a la clínica de escritura de Vera Giaconi y obtuvo una mención en los Premios Juan Carlos Onetti de Literatura por un volumen de cuentos, varios de los cuales integran Me gusta así, su libro debut, publicado por la editorial Sigilo en 2025. “Si pensamos que la voz de los jóvenes se escucha recién desde los años sesenta y setenta, me siento extremadamente afortunada de tener la oportunidad de hablar, de que se nos escuche. Pienso en muchas mujeres que no tuvieron ninguna posibilidad, o muy pocas. Una de mis escritoras favoritas es Lucia Berlin: una escritora que crio a cuatro hijos, que tuvo problemas con el alcohol y a la que recién se empezó a leer después de que murió. Pienso mucho en esas personas, en esos universos”, precisó.
Tamara Silva Bernaschina nació en Minas, ciudad del interior uruguayo situada al norte de Montevideo y marcada por la industria del cemento. Debutó en 2023 con el libro de cuentos Desastres naturales, publicado por Estuario Editora, que la instaló de inmediato como una de las voces más premiadas de su generación: recibió los Premios Bartolomé Hidalgo en las categorías Narrativa y Revelación, y al año siguiente, el Premio Nacional de Literatura en la categoría Ópera Prima.
En 2024 publicó su primera novela, Temporada de ballenas, que obtuvo una mención de honor en el Concurso Literario Juan Carlos Onetti y, más adelante, el Segundo Premio Nacional de Literatura en la categoría Obra Édita. Su consagración internacional llegó en 2025 con Larvas, editado en España por el sello Páginas de Espuma.
Bernaschina contó que cuando publicó su primer libro tenía veintidós años y estaba entusiasmada con las historias que contaba, pero al ir a los programas de televisión —donde no hay tiempo para leer un libro entero antes de una entrevista—, la cuestión más relevante terminaba siendo su edad. Le pedían que respondiera: “¿Qué se siente escribir teniendo veinte años?”. “Es una pregunta muy física —dijo—, es como si me preguntaran qué se siente existir”. Los televidentes no pasaron por alto esa incomodidad, y una persona, en los foros de comentarios de YouTube, escribió muy enojada la frase “Jóvenes, ¿para qué?”
Una pista para tratar de desentrañar qué narran estas escritoras es conocer su mito de origen: qué alimentó sus intereses, sus miradas, que luego fueron volcadas a la escritura. Para Milagros Porta es el paisaje, el río, el horizonte. Vivió hasta hace poco tiempo en la zona norte de la provincia de Buenos Aires, trasladándose entre Olivos, San Isidro y Florida, y esa cercanía la vinculó con lecturas como Río de las congojas, de Libertad Demitrópulos, y Los ríos profundos, de José María Arguedas. “Siento que hubo una etapa de mis lecturas donde el paisaje se retroalimentaba con la lectura, y la lectura con el paisaje, y eso está en todo lo que escribo: el agua siempre aparece de alguna manera”, analizó la autora argentina.
En el caso de Tamara Silva Bernaschina, su mito de origen es el territorio que se despliega en pueblos, barrios y zonas rurales, en los personajes que habitan esos lugares y generan formas propias de hablar y de vincularse entre sí. También la influenciaron los escritores de la generación del 45, que miraban con mucha atención la ciudad, y siente que el cancionero folclórico y su poesía alimentaron lo que ella llama su paisaje afectivo.
Erika Curbelo, uruguaya de Fray Bentos, siente que en los pueblos del interior hay muchísima mística, mucho por desentrañar y mucho drama. Recuerda que cuando se desató el conflicto entre Argentina y Uruguay por la instalación de una fábrica de celulosa, ella tenía cinco años: “Me daba cuenta de que la gente estaba muy enojada —explica, sonriendo con los ojos—; me hablaban de la ecología, la contaminación, y sentía que estaba en el centro de donde estaba pasando todo”. Luego se encontró con la literatura de Ray Bradbury, especialmente con La muerte es un asunto solitario: “Me tomé esa novela muy en serio y me encantó”. A ese descubrimiento le sumó las novelas argentinas que inundaban la televisión uruguaya —Patito feo, Chiquititas, Casi ángeles— y las conversaciones entre las mujeres de su familia. Para Curbelo, ese paisaje hecho de diálogos, medias voces y secretos le da forma a su mito de origen.
Si hay algo que marca a las personas que comienzan a escribir es la urgencia por publicar y, además, una vez conseguido ese objetivo, encargarse de promocionar sus propios libros, más allá del trabajo que pueda hacer la editorial, un proceso bastante complejo que no se lleva muy bien con la velocidad, ni con el pluriempleo y, menos, con la ansiedad, males de nuestra época dominada por el capitalismo. Erika Curbelo admitió que la pasó bastante mal hasta que pudo ver su libro hecho realidad. Pero la recompensa fue grande: el primer libro que leyó el padre de Erika fue el de su hija. Le dijo: “Palabras fuertes”.
La experiencia de Milagros Porta en este tema es diferente. Relató que está corrigiendo su primera novela y, a la vez, escribiendo cuentos, y que no tiene ningún interés en apurar la escritura. Cree que la pulsión por publicar muchas veces es externa y no tiene nada que ver con lo que siente el escritor, y se pone como ejemplo: “la estoy pasando tan bien que no quiero terminarlos”.
La tradición de los talleres literarios, tanto en Argentina como en Uruguay, fue otro de los ejes de la charla «Río de la Plata, 2000». Las narradoras coincidieron en lo importante del encuentro con otros y otras para escribir y para ejercer una lectura más rica. La dimensión colectiva de la escritura les resultó constitutiva: alcanza con asomarse a sus biografías para concluir que es una clave para entender la aparición de sus textos y el impacto que estos tuvieron.
El elefante, al final, se sentó tranquilo junto al público de la FED’ 26. Y esa es, quizás, la única respuesta posible a la pregunta «jóvenes, ¿para qué?»: para seguir escribiendo.
