
Jazmín decide salir de su casa el 20 de junio de 2025, a la hora del solsticio, y encarar la calle, el campus de una universidad, pensando en acceder a una computadora, la de su ex pareja, Sebastián, un investigador al que le entregó una clave de lectura, una llave para entender el cielo.
“Quise que ésta fuera una novela feliz”, dice en una charla con Señalador en un bar de Chacarita. Autora de novelas como “Estas piedras”, “Cuplá” y “La máquina de febrero” y de libros de relatos como “Los horizontes” o “Protocolos naturales”, Bêgné construyó una obra literaria original y concisa. Esto es: en sus ficciones parece estar lo necesario para emprender los viajes, sin subrayar ni exagerar datos, una apuesta que convoca a estar presente en el momento de lectura.
Editada por Omnívora, esta novela de Bêgné transcurre en una noche en la que como lectores podemos acompañar un proceso de duelo que permite decir adiós en la tierra y en el cielo. Sobre esta apuesta por indagar en una mirada más allá de lo terrenal, el trabajo de escritura y la potencia de la ficción, la escritora y docente habla en esta entrevista.
-La novela cuenta un duelo amoroso asumiendo la furia, el dolor. En una época que parece querer limpiar todo eso, lo asume. ¿Cómo decidiste esa perspectiva?
-La narradora protagonista está furiosa. Esa fue la emoción que disparó la voz. Siempre me ha pasado de encontrar personajes que podían estar transitando distintos estados pero enojo y furia no había explorado tanto. Y hay una energía y un fuego que puede salir de ahí. Fue explorar el odio positivamente, en un momento en el que hay tantos discursos de odio que nos atraviesan, la idea fue encontrar ese otro tipo de odio, el que no va a resurgir en nada realmente malo para la otra persona pero que puede llevar a un cambio. Esa fuerza la llevó a moverse, como si la estuvieran quemando y persiguiendo con una llama y tuviera que correr. Esa fue la sensación de escritura.
-¿Cómo fue la idea de jugar con una temporalidad acotada y que transcurriera en una noche?
-Lo primero fue una voz muy potente que me dieron ganas de explorar: una primera persona en presente. Aparecen otras voces que me sirvieron porque la primera persona te impide la perspectiva externa entonces esas voces me sirvieron para frenarle un poco el carro por momentos, tensar ese ritmo, hacerlo pausar y hacer entrar otras historias. Pero lo primero que me apareció fue su voz y ese no haber dormido en la noche. Venía de escribir una novela que transcurre en un año entero, va estación por estación y sale el año que viene. Acá necesitaba lo contrario porque me encontré con esa escena de ella saliendo casi a las 12 de la noche, la noche más larga del año y fue clave, muy funcional. Es una estructura que me permitía ir recorriendo los distintos momentos. Ella sale a la noche y la novela termina con el amanecer, eso fue claro desde el inicio también. Sostener la estructura me tranquilizó mucho porque más o menos tenía un arco posible y después era indagar hacia adentro.
-También hay una crítica al mundo académico a través del lugar que ella toma en la vida académica de él, casi como una asistente invisible. Ahí está su furia también.
-Desde el impulso de escritura, el duelo de ella no sé si es tanto con él como con ese punto. Es también el duelo por lo que le robaron, que no es el objeto en sí, sino la posibilidad de mirarlo de un modo distinto.
-La novela también plantea cómo buscar respuestas no tan terrenales y esa búsqueda marca la necesidad de tiempo. El duelo lleva tiempo, tiene etapas.
-Me llevó a pensar cómo un problema, aparentemente absurdo, que es que le roben un planeta y una luna se soluciona de modos no racionales. No se puede solucionar eso de modo racional, solo por otras vías ocultas, no visibles. Puede haber una reparación, un acto de justicia. Lo que ella está buscando es eso: un acto de justicia. Es imposible una justicia en términos racionales, de pensamiento científico o social. No hay modo de reparar eso porque nadie lo reconocería. La solución entonces pasa por un lado invisible. También me gustaba trabajar materias aparentemente opuestas como el campo de la ciencia, la astronomía, la posición de las estrellas, la luna, el sol. Eso está investigado. Después está todo lo que no puede ser cuantificado: un pensamiento más intuitivo, un sentir más orgánico. Tiene que ver con atmósferas, colores y sensaciones de la realidad pero que no pueden estar traducidas a números.

-Tenés mucha obra publicada. ¿Se van superponiendo los proyectos ficcionales, conviven?
-Se superponen un poco. Cuando empecé ésta ya tenía una anterior casi terminada y necesité escribir algo distinto. No es que escriba mucho todos los días pero todo el tiempo estoy pensando cosas, escribiendo un cachito. En este caso había terminado una primera versión de una novela y llegó “La música de las esferas”.
En general tiendo a terminar una novela para pasar a la otra. Puede que se superpongan momentos de corrección o edición pero tengo que cerrar un mundo para pasar a otro. Estas dos están muy conectadas porque la otra también tiene temática astronómica pero en el siglo XIX. Necesito haber cerrado para que la contaminación sea rica porque si no se me cruzan las voces.
-Das clases en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y en la Universidad Nacional de Tres de Febrero (Untref). ¿Te interesaba pensar en esa disparidad de género al momento de las tareas y los cargos en el mundo académico?
-No sé si sucede ahora, no debería. Quizás pudo haber sucedido. Cuando estudiaba Letras era bastante común estar buscando trabajo de correctora y que te hicieran corregir gratis diez páginas como prueba. Después te enterabas que a una compañera le habían hecho lo mismo y así se habían corregido el libro entero sin pagarle a nadie. No sé si pasa exactamente lo que ocurre en la novela: que alguien ponga trabajo gratis en la tesis de otro. Pero por el lugar en el que estaba la narradora y el otro personaje en ese momento se me ocurrió que era verosímil.
El otro día leía estadísticas sobre el techo de cristal en la academia. Hay una mayoría de docentes mujeres pero en jefes de catedra y titulares, eso se invierte. Hay algo ahí con el poder, no solo pasa en la academia, claro, pasa en la justicia, en las empresas.
-Las clases y la escritura dialogan, ¿son oficios muy diferentes?
-Para mí es muy importante escribir para poder dar clases porque doy clases de escritura en comunicación y en la maestría de Escritura Creativa de Untref. Es fundamental escribir para sentirme cómoda hablando de escritura, para poder hablar del proceso de escritura. Muchas veces se pasa por alto por dónde arrancar, cuál es la imagen disparadora, poder abrir ese abanico habiéndolo experimentado me ayuda a la hora de pensar clases.
-¿Notás que cambió la forma en la que la academia se relaciona con la escritura?
-Creo que había una búsqueda de los estudiantes de habilitar un lugar ligado a la escritura de ficción y eso la carrera no lo daba, y está bien, no es una carrera enfocada en la escritura, es una carrera enfocada en la lectura. Se podría dar espacio a la carrera de escritura de la Universidad Nacional de las Artes (UNA), la maestría en Untref y hay otras maestrías, diplomaturas. Es interesante y complejo plantear la posible profesionalización de la escritura. El riesgo es que se arme demasiado escuela. En mi experiencia eso no pasa. Tiene que ver con la diversidad de voces que alimenta nuestro mundo editorial. Hay muchas voces, no conozco a nadie que diga que hay una forma de enseñar la escritura, se piensa más como proceso racional y como búsqueda entonces ese modo de armar un espacio académico ligado a la escritura, de algún modo, impide el costado negativo de la profesionalización. No tengo la sensación de que haya un proceso de homogeneización.
-¿Cómo analizas el lugar de la ficción en la conversación pública?
–Creo que la ficción trabaja en paralelo con su propio lenguaje y su propio ritmo. No sé si puede actuar de modo directo. Tengo la sensación de que es un río paralelo que va haciendo de espejo cóncavo y convexo y que puede llegar a tener un efecto real un poco sin quererlo, sin intención. Me pasa que me resulta muy difícil escribir con la intención social, concreta de reflejar cierto tema o hablar de cierta problemática. A mí eso no me sale. Sí siento como lectora, y también a la hora de escribir, que son mundos que oscuramente se tocan, invisiblemente la ficción habla de lo real y la realidad habla de la ficción.

-Es un momento en el que podríamos pensar que vinieron a romper el relato, la ficción de lo que somos, algunos consensos que creíamos fuertes…
-Si, están rompiendo el modo en que habíamos decidido representarnos y la representación es una ficción. Creo que por eso la sensación de vulnerabilidad que muchas tenemos ahora porque es esta sensación de que no lo estamos rompiendo, está siendo destrozada. Es en voz pasiva, desde afuera y es muy doloroso. Hay ficciones constituyentes que vemos caer de un momento para el otro.
-¿Qué lecturas te acompañaron en la escritura? Hay una musicalidad en la novela, cada capítulo puede leerse con un ritmo propio.
-Escuché mucha música, cada capítulo tiene una canción. Tengo la playlist. Cuando vino la estructura de todo en una noche y en diez capítulos, cada uno se situó en un lugar distinto de la ciudad. Son identificables pero no está explícito. Hay un estado en cada capítulo que está determinado por cada canción.
Y después específicamente volví a leer “La tempestad”, de Shakespeare, porque hay algo ahí en ese mundo isabelino que tiene que ver con esta idea de la música de las esferas que es que “cuando hay desorden en el cielo hay desorden en la tierra”.
-¿La novela es el género en el que te sentís más cómoda?
-Me gustan los cuentos pero siento que estacioné un poco en la novela. Es muy compañera, te acompaña dos o tres años y todos los días tenés un lugar adonde estacionar y llegar, personajes en los que pensar, un lugar donde indagar y seguir buscando. Permite el error y el cabo suelto, un cuento también pero tiendo a ser muy obsesiva y cerrar cabos de más y es un proceso aprender que en la novela hay lugar para lo gratuito y eso es bello. Hace poco releí “Escribir”, de Marguerite Duras, y me quedé con que ella dice que es el error eso que hace único a un libro, eso que no cierra, eso que uno dice «¿por qué está?» La novela puede ser un poco forajida, rústica.
