Manuel Borrás: «Al mundo del libro le sobra lamentación, lo que le falta es imaginación»

Con 50 años al frente de Pre-Textos junto a Silvia Pratdesaba y Manuel Ramírez Giménez, el editor Manuel Borrás Arana, tiene claro que al hablar de la crisis que atraviesa el mundo del libro, hay motivos para lamentarse “pero la lamentación nunca resuelve”.

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Fundada en Valencia en 1976, con 50 años recién cumplidos, la editorial Pre-Textos ha construido a lo largo de estas décadas un catálogo que Borrás prefiere definir como literario antes que independiente: pensado como una obra en sí misma. 

«El mejor libro que puede escribir un editor de nuestra naturaleza es su propio catálogo», dijo durante el mes de agosto en conversación con Señalador durante su visita a Buenos Aires. En esa concepción hay también una forma de entender el oficio: publicar para lectoras y lectores; preservar los libros más allá del ciclo vertiginoso de la novedad; y asumir que editar implica construir una casa común antes que perseguir las lógicas de quienes dominan el mercado.

Desde esa perspectiva, Borrás habla de algunas de las tensiones que atraviesan hoy al mundo editorial a un lado y al otro del Atlántico: la concentración de la prensa y las dificultades de la crítica para escapar de las exigencias del mercado; el centralismo que todavía determina a qué libros y a qué editoriales se les da visibilidad; la proliferación de novedades y la dificultad de sostener un catálogo vivo.

Manuel Borrás Arana, agosto 2026, Buenos Aires_Rocío Wittib

Señalador: ¿Cómo ves el ecosistema editorial?

Manuel Borrás: Yo me defino optimista. Y no por una voluntad de instalarme en el optimismo, sino que siempre lo he sido y sigo siéndolo, aunque con cierta moderación. El mundo del libro siempre ha sido, en nuestro ámbito cultural de la lengua, un medio bastante controvertido. Es decir, desde que llegué al mundo del libro, lo único que se ha hablado regularmente es de crisis. Me di cuenta también que había como cierta tendencia al lloriqueo. Es decir, había razones para lamentarse pero la lamentación nunca resuelve, para lo único que sirve es para sublimar las frustraciones. Y yo creo que al mundo del libro le sobra lamentación, lo que le falta es imaginación. Y eso sí que es verdad, lo fui comprobando a lo largo de los años. 

En momentos más difíciles, en los que, por ejemplo, existía la censura ideológica, porque todavía estábamos en la transición a la democracia (somos hijos de esa transición, vivíamos bajo determinados reflejos autoritarios), nosotros tuvimos que sortear ese tipo de censura. Pero después me doy cuenta que esa censura, que terminó, lógicamente, con la normalización democrática, como era de desear y esperar, vino sustituido por otro tipo de censura, que fue la económica. Algo que creo que rige y acampa por sus fueros, hasta fecha de hoy. Es decir, los problemas que nosotros tuvimos como jóvenes editores cuando empezábamos se transformaron, pero no dejaron de existir otros para los jóvenes editores que vinieron después. 

Todos tenemos que enfrentarnos a un tipo de problemática, una problemática determinada. Yo creo que hay que salvar ese hándicap de la censura económica, que además se extiende a una dimensión que no nos damos cuenta, pero es enorme. Por ejemplo, antes, en prensa, se ejercía la crítica (aunque muchas veces la crítica tampoco era tan neutral como debía haber sido, porque el crítico, si sirve para algo, es para fijar jerarquías, no tiene que estar condicionado absolutamente a nada más que por la aplicación de su criterio de excelencia). Ahora te das cuenta que no. 

La crítica que respeto, y donde hay algunas excepciones, raras excepciones, está supeditada al mercado, exclusivamente al mercado. Es muy curioso que la alícuota que dedican a los jóvenes editores, digamos a aquellos con un perfil más literario que comercial, es pequeñísima en relación a la gran industria, lo que llamamos gran industria editorial. Yo lo entiendo también, porque los periódicos son una industria, es una empresa, una empresa editorial. Entonces es lógico que primen aquellos que se gastan más plata en publicidad, por ponerte un caso, ¿no? Pero yo creo que han descuidado mucho, por esa servidumbre que ellos tienen también, han descuidado una parte importante de nuestra cultura. Y yo eso lo he visto acá, en Argentina, como lo he visto en mi país. Porque Argentina y España, nos guste más, nos guste menos, son muy centrípetas.

Entonces todo lo que no ocurra en Buenos Aires, o en mi país todo lo que no ocurre en Madrid o en Barcelona, no existe. Y resulta que paradójicamente parte de la mejor literatura que se está publicando, y hablo ya desde la perspectiva del editor, se está editando en la periferia, en provincias. Una parte muy importante, y te diría que yo veo día a día va ganando una proporción mayor.

S.: En relación a esto, dado que Pre-Textos surge en Valencia, ¿cómo fueron los inicios de la editorial? ¿Qué recuerdos tenés de los comienzos?

M. B.: A mí me costó, como editor joven también, incipiente, me costó asomarme, pero pude asomarme. Pero para eso me tuve que ir a Madrid, instalarme 43 años de mi vida en Madrid, trabajar allí, porque si no, en provincia nadie te hacía caso. De ese centralismo que tenemos en nuestros países debo decirte que también la provincia es responsable.

De nosotros, cuando empezamos, en las primeras reseñas que hubo en las pocas revistas o periódicos que había en mi ciudad, siempre hablaban de la editorial madrileña o de la editorial catalana. A mí me llamaba mucho la atención. ¿Por qué les cuesta tanto atribuir a que unos chicos valencianos hayan hecho este proyecto que es parangonable a cualquier proyecto que se haya hecho en Madrid o Barcelona? Y es que yo creo que también es un poco ese pecado del provincianismo desde nuestra respectiva cultura.

Mantener un catálogo vivo es muy costoso. Cuesta mucha plata. Ten en cuenta eso que llamamos grandes editores, si un libro en seis meses desde que ha salido, desde que ha sido materializado, a seis meses vista no ha cumplido con las expectativas de venta, se convierte automáticamente en pasta de papel. Y no por capricho también de esos señores, sino por necesidad. Porque además hay otra cosa que a mi juicio es perversa. El efecto que está teniendo la constante novedad.

S.: Se habla mucho de la saturación de las novedades. En España el ritmo es aún más vertiginoso que en Argentina, ¿qué reflexiones hacés al respecto?

M. B.: Yo colaboro con la librería Alberti en Madrid. Me pidió Lola Larumbe, su directora, un club de lectura que yo estoy haciendo y que estoy llevando adelante con muchísimo gusto y con una gran pasión. Un día llego y Laura, una de las libreras me enseña una mesa de dimensiones importantes, repleta de libros, y me dice, ‘mira Manuel, las novedades’. Yo, cuando lo vi, dije, ‘¿de la semana?’ Y me dijo, ‘no, del día’. Cuando vi eso, me entró como una especie de vértigo. Me dije, ¿cómo puede ser? Es un disparate. Cuando se da esa profusión, cuando se le da esa preeminencia a la novedad, que eso además es un efecto perverso de los grandes grupos editoriales, porque ellos lo que necesitan es tener cashflow, tener en circulación constantemente libros, porque en el momento que tú interrumpes esa noria, se vienen abajo. 

Entonces, claro, nos han obligado a ir también a uña de caballo, y eso ha sido el gran fracaso de los editores medios que han querido, para combatir a los grandes grupos, imitar al gran grupo. Eso es absurdo. Precisamente lo que no tienes que hacer es imitarles. Nosotros lo que no hemos querido es imitarles, teniendo todo el respeto por la industria editorial, porque cumple con su papel, pero no es el nuestro.

Nosotros, en todo caso, podemos complementar el que ellos hacen, pero no es nuestro papel. Y tú tienes que pensar desde la naturaleza del editor que eres, no impostando, no apoderándote de la lógica de esos editores, porque estás llamado al más completo de los fracasos. Y es lo que han hecho, es como el Prometeo devorando a sus propios hijos, es complicado.

Y yo veo que, claro, hoy los jóvenes editores, que a mí me gustan mucho, hay también mucho cantamañana. Así que ojo, cuando criticamos tanto las determinadas formas de la industria editorial, y después, por ejemplo, en la prensa misma, alaban a unos editores con un hipotético perfil independiente, literario y tal y cual, al fin y al cabo son tan comerciantes, tan fariseos como los grandes grupos. Y lo que hay que hacer es pensar y replantear las cosas desde la perspectiva de la imaginación que le corresponde a un editor de nuestra naturaleza. No imitando a nadie. Porque no necesitamos imitar. Lo que pasa es que necesitamos sobrevivir.

S.: De manera que el ritmo vertiginoso de las novedades no pareciera estar llevando a las editoriales por el mejor camino..

M. B.: No nos lleva a un buen lugar, no. Porque los grandes grupos, se pueden permitir unas estrategias que parecen más mercenarias que otra cosa. Y de eso no se habla. Si tú estás cobrando un libro a los autores, ¿hasta qué punto eres creíble? ¿Qué diferencia hay entre una pequeña editorial mercenaria que cobra a los autores y autoras la publicación de su libro y estos otros grandes? Ninguna. Es decir, miman sólo a los monstruos a los que venden. Y a los otros los quieren reflejar bajo el paraguas de esos que venden cobrándoles el libro. Es perverso. Y no va a ningún lugar. Además desprestigia. Nos desprestigia a todos. 

Manuel Borrás Arana, agosto 2026, Buenos Aires_Rocío Wittib

S.: ¿Considerás que es una práctica que de alguna manera pone en dudas el criterio con el que esa editorial construye su catálogo o la calidad del mismo?

M. B.: Sí, por supuesto. Cuando uno cuida y construye su catálogo con criterio, te das cuenta también por qué los autores quieren ser publicados en tu editorial. A nosotros nos llamó mucho la atención ya desde hace unos años que se acercaran autores a decirnos que les encantaría tener un libro con Pre-Textos. Sorprende muy favorablemente. Porque es una especie de rendición, de homenaje. Me he entrevistado con mucha gente estos días y son muchas las personas que quieren publicar en Pre-Textos. Todos quieren. Pero claro, la editorial tiene una capacidad determinada.

S.: ¿Y cómo se hace para sobrevivir en este ecosistema? ¿Cómo lo hace Pre-Textos? 

M. B.: Es muy difícil, te van a devorar. Mira, por ejemplo, a nosotros ahora se nos plantea el dilema: somos ya mayores, tenemos una parte del trípode que componemos entre los tres fundadores muy mermada porque nuestro amigo del alma y socio está muy enfermo. Y claro, se nos ha planteado también la continuidad, nuestra sucesión. Mucha gente nos dice, “no tenéis hijos”. Eso es absurdo, porque podríamos tener hijos y tu hijo o tu hija dedicarse a la ingeniería aeronáutica. No tiene por qué ser editor.

Nosotros, en Pre-Textos, lo que hemos hecho, lo que estamos procurando hacer es formar a una serie de jóvenes para que en un momento determinado, hipotéticamente, nos pudieran tomar el regreso. Por ejemplo, eso es pensar desde una imaginación distinta. ¿Cómo? Pues creando la base jurídica de una fundación que les permita a ellos tener los recursos suficientes para sobrevivir.

M. B.: No sé si lo conseguiremos o no lo conseguiremos, pero quiero decir que estamos en eso. Yo llevo ya como dos años trabajando en ese sentido con el tiempo que me queda porque, claro, también al enfermar mi amigo y socio, yo me he tenido que multiplicar por dos, y soy un hombre orquesta. Y eso también, pues me ha costado una operación tremenda en el mes de marzo de este año, porque, claro, cuando tú tienes que abarcar tanto, tanto, al final tu cuerpo, por una cuestión biológica pues pasa factura, también porque vas cumpliendo años…

Manuel Borrás Arana, agosto 2026, Buenos Aires_Rocío Wittib

S.: Para Pre-Textos, ¿qué ha sido lo más importante para la conformación del catálogo en estos 50 años?

M. B.: Nosotros hemos apostado siempre por la literatura. Por la buena, yo por eso, cuando hablan de edición independiente digo, mira, a mí cambiadme el adjetivo, yo soy un editor literario, esencialmente literario. Y además, utilizo con frecuencia una frase de Juan Ramón Jiménez, que yo le copio con su permiso, que sé que me lo da, porque tengo adoración por él. Él decía, yo escribo para lectores, no para el público. Entonces, nosotros publicamos para lectoras y lectores, no para el público. 

El público es una cosa muy amorfa, que no sabemos muy bien qué es, y que lo constituyen lectoras y lectores de los nuestros, pero también muchísimos lectores y lectoras circunstanciales. Que contribuyen pero no crean un espacio cultural favorable. Porque se mueven más por las modas, cuya virtud inherente es que pronto pasan de moda, y además sin dejar rastro. El nuestro es un catálogo pensado, articulado. 

El mejor libro que puede escribir un editor de nuestra naturaleza es su propio catálogo. Y, además, en el catálogo está reflejada en cierto modo también tu biografía. Y es un libro muy complejo. Porque es un libro coral en el que tú tienes que ir incorporando una serie de voces y que todo armonice. 

Mucha gente quiere publicar con nosotros porque cree que va a conseguir una gloria que no conseguiría publicando, por ejemplo, en Anagrama o en Planeta. También te digo que quieren publicar porque hay una serie de autores y autoras en la casa que les gusta mucho y les encantaría codearse con esos autores y autoras que nosotros hemos publicado. Y eso para nosotros es un éxito. Lo hemos hablado muchas veces internamente: haber creado las condiciones de esa casa común que acoge muy bien a los otros. Nosotros siempre hemos procurado que cuando editamos un libro o incorporamos un nuevo autor, puede estar en polos opuestos con otros, pero buscamos cierta armonía, que haya una razón que en cierto modo los vincule.

Al principio, cuando empezamos a editar, editamos indistintamente, no distinguíamos colecciones. Porque pensamos que no existen los géneros. O sea que un libro de ciencia puede tener tanta poesía como un libro de poemas. Y un libro de poemas puede tener tanta filosofía como un ensayo filosófico. Y así. 

Después tuvimos que ir haciendo colecciones por imposiciones del guión de los comerciales. En un momento determinado incluso se negaban a distribuirnos si no hacíamos colecciones. Por lo tanto, fuimos resistentes durante unos años, pero al final tuvimos que ceder porque nos quedábamos solos y no hubiéramos durado ni un cuarto de hora. Entonces empezamos a definir colecciones y ahí sí que hicimos lo posible porque esas colecciones, también antes, pero porque esas colecciones por lo menos tuvieran un atractivo físico, respondieran a un principio áureo tipográfico, etcétera, etcétera, que también nos costó mucho comercializar porque la tendencia era otra.

S.: Para cerrar, ¿cómo imaginas la continuidad de Pre-Textos?

M. B.: Como te contaba, estamos creando el cuadro jurídico para que la editorial pueda seguir. A mí me gustaría, con estos jóvenes que están ahora alrededor nuestro, ha habido mucha empatía desde el principio, han empatizado mucho con nuestra filosofía. Son personas que se han identificado automáticamente con la manera de ser de Pre-Textos, que es una manera suave de estar en el mundo. Andrés Trapiello cuando cumplimos el 25 aniversario dijo algo muy bonito, “Pre-Textos no es una editorial, es una manera de estar en el mundo”, y quien se quiera dar cuenta que se dé, y quien no se dé cuenta allá él. 

El futuro será distinto, estos jóvenes tendrán sus inquietudes, sus intereses, pero yo creo que si participan como hasta ahora, tal como han empatizado con nuestra filosofía, se dará esa continuidad.